jueves, 18 de marzo de 2010

Los calzones de Carlos (Bitácora del Orgasmo, 2009)

Una de las cosas más aberrantes de las que he sido partícipe en este mundo consiste en conocer el repertorio de calzones de Carlos, mi mejor amigo de la universidad. Esperando que mi introducción no se preste a malas interpretaciones, daré inicio a esta historia.
     Carlos era poseedor de ocho calzones, todos invariablemente del mismo color. Tenía uno para cada día de la semana y otro que servía como reserva. Antes de conocerlo jamás había sabido de una persona que limitara su guardarropa de esa forma por lo que la mañana que irrumpí en su cuarto en la calle El Carmen, en el centro histórico, y lo descubrí frente a su cama con los siete calzones extendidos en el colchón casi me viene un shock fulminante cuyo trauma hubiera sido casi imposible superar de no ser porque el tipo me tomó por el hombro y serenamente preguntó:

     - ¿Cuál de éstos crees que debo ponerme?

     Mareado por la bochornosa situación, recuerdo que señalé uno e intenté emprender la retirada temiendo que las consecuencias de aquello fueran irreparables para nuestra amistad. Sin embargo, Carlos, se mantuvo contemplando su exhibición como si estuviera vislumbrando una obra de arte y de inmediato dijo algo parecido a esto:

     - Ese ya lo había reservado para el noche. Es que no te he dicho pero vamos a ir a una fiesta a la casa de Mariana.

     Antes de que me viniera el shock postergado segundos atrás, tomé la decisión de emprender la retirada así como la sabia providencia de esperarlo en las escaleras. Una vez acodado en el barandal, me asaltaron una serie de pensamientos malsanos que por pudor me abstendré de reproducir en este espacio. El hecho es que después de una larga espera, mi aun amigo reapareció debidamente vestido y cargando un morral en el que seguro escondía una maltrecha libreta y un lápiz para tomar los apuntes. El trayecto a la universidad no fue fácil pues constantemente era embestido por la visión de esos calzones ajenos que nunca hubiera imaginado conocer.
     No hay duda que existen días en que uno no debió salir de casa.
     Fiel a nuestra costumbre, Carlos y yo transcurrimos la mañana cometiendo las mismas idioteces de todos los días y por ello aproveché la ocasión para tirar un bromista comentario con respecto a lo que había presenciado esa mañana. La idea era liberarme de aquel fantasma que no me dejaba en paz. Como una respuesta a mi comentario, las miradas de todos se mostraron como un reproche por andar ventilando intimidades de naturaleza non grata en ese círculo de amigos. Además de chismoso, quedé como joto –pensé al sentir la reacción de los compañeros–.
     Llegó la tarde y con ella la invitación para asistir a la casa de Mariana, sin embargo, en un repentino cambio de estrategia, Carlos propuso que nos fuéramos a otra fiesta que se celebraba en la casa de una enemiga de su novia a la que mi amigo quería hincarle el diente desde tiempo atrás. Nadie puso objeción. La fiesta estuvo de lujo: mucha comida, mucha bebida, buena música, gente bailando, guapísimas estudiantes de Comunicación extasiadas por el alcohol y drogas varias; besos, caricias, pleitos furtivos, malos entendidos alcohólicos y llanto; finalmente, nuevos abrazos, nuevos besos y nuevas oportunidades para la pasión.
     Desperté a las seis de la mañana tirado en una cama que no era la mía. Estaba desnudo y a mi lado, en condición de Eva, una tipa conocida como La Nacha buscaba su brasier. Al cruzarse nuestras miradas, una irrupción de pudor nos movió a resguardar nuestras miserias. Sonreímos. Contemplé a la chica durante el ritual que la cubrió parcialmente de ropa. Luego, en un acto que habló muy bien de ella, se acercó a la cama para despedirse.

     - Ya me voy, tengo clase a las ocho. ¡Ah! Si encuentras mi bra, te lo encargo, ¿no? –atinó a decir mientras me regalaba el primer beso de esa mañana.
     - No te preocupes, yo lo busco y te lo llevo.

     Llegó mi turno de buscar mi ropa. Enredado en una sábana salí de la habitación tratando de encontrar las prendas lo más rápido posible. Maldije mis excesos. Tirados en latitudes contrarias estaban los tenis y las calcetas; en la entrada del baño encontré la playera; al inicio del pasillo, sobre el barandal de la escalera, estaban el cinturón y la camisa, pero lo que no atinaba a encontrar eran mis malditos calzones. En la sala, arropando a un sujeto noqueado por las drogas, estaba mi pantalón sin la billetera pero con el brasier de La Nacha. Regresé a la habitación buscar mis calzones, le dí dos vueltas a las sábanas, una al colchón y otra al clóset pero nada, no encontré mis malditos calzones.
     Me vestí con lo que encontré y salí a buscar a Carlos que, justo en ese momento, salía del baño portando los calzones que la mañana anterior yo mismo le había escogido. Su semblante era de lo mejor, sin indicios de cruda y una placidez envidiable.

     - ¿Qué, ya nos vamos? –preguntó con esa chispa que lo caracteriza.
     - No encuentro mis calzones, cabrón…
     - Jajajá… yo por eso siempre traigo dos.

     Entonces lo comprendí pero con todo y la explicación considero una notable aberración conocerle los calzones a mi mejor amigo, sin embargo, celebro su enseñanza pues desde entonces, también procuro llevar ocultos en la mochila unos calzones que me liberen de rozaduras como las que tuve que padecer durante tres días a consecuencia de las costuras del pantalón.

     Post data: Si alguien conoce a La Nacha, háganle saber que aun tengo su brasier.

    15 de noviembre de 2009.©

martes, 16 de marzo de 2010

Pienso que...

La complicidad de los amigos con derechos en más valiosa que la monotonía de una relación estable.

domingo, 14 de marzo de 2010

Pienso que...

El amor que dice llamarse amor, lo echa todo a perder.
Por ello es conveniente conseguirse un cómplice que luego de besarte en la boca no diga "te amo".

sábado, 6 de marzo de 2010

Regias tetas.

A Diana, Ill Rockgirl.

Para alguien como yo que siempre tiene muchas cosas qué decir, lo difícil es comenzar.
No resulta casual que a uno le surjan ideas de la misma forma que a otros les brotan chancros en la entrepierna como si se tratara de chícharos mágicos. Tampoco es fortuito que quienes escriben, al redactar un texto nuevo, se topen con lagunas mentales dificilísimas de superar y como consecuencia terminen haciendo confesiones autobiográficas con secuelas tan irreversibles como el cambio climático.
El caso es que a finales del mes de mayo, conocí por vía de myspace a una señorita de orondas formas (según mostraba la foto del perfil), con quien pude intercambiar unos cuantos iconitos que dejaron ver la posibilidad de un romance cuyos alcances se perfilaban óptimos para traspasar las barreras de la red. He de reiterar que cuando esto me sucede, el estado de imbecilidad en que me sumerjo se torna altamente notable pues ante la promesa de chicas “dispuestas a todo”, que las más de las ocasiones terminan significando “no te prometí nada”, la situación se torna muy frustrante y suele poner en serios predicamentos al chocorrol.
Diana, como fue bautizada esta chamaca para efectos escolares, se posicionó como una de mis amigas preferidas por tres poderosas razones: ser aficionada al rock duro, a la lucha libre y a los placeres de la carne. Nuestras conversaciones resultaban tan agradables que empleábamos el horario de trabajo para disertar sobre temas tan profundos que, al cabo, resultaron de suma valía para desentrañar los misterios de nuestra personalidad (por lo menos funcionó en su caso).
De este modo, pude enterarme de su oportuna deserción escolar en un momento en que la vida insistía en llevarla irremediablemente detrás de un escritorio, lo que hubiera ocasionado el grosero ensanchamiento de su precioso trasero. Conocí su afición a enamorarse de luchadores extremos con facha de roqueros, aunque también logré desentrañar un extraño karma que la ha llevado a terminar liada sentimentalmente con sujetos de alta peligrosidad y que gracias a sus puntuales descripciones puedo imaginar como miembros de la mara salvatrucha en versión kumbia king. Lo más interesante es que por un descuido, o por una intención deliberada, pude ingresar a su intimidad gracias a unas fotografías en las que se mostraba como una reina topples, situación que aproveché para rogarle me dedicara unas tomas para mis textos en la columna que escribo en Palabras Malditas (santígüense).
El suceso me llevó a reflexionar acerca de los usos y costumbres a los que nos está llevando internet pues esta moda que han arraigado las chicas en la que se fotografían las tetas o las nalgas, previamente signadas con alguna dedicatoria, es algo que ni en mis mejores tiempos de galán de secundaria hubiera podido imaginar. En aquellos días, ya hubiera querido que alguna de mis novias se atreviera a dejarse fotografiar en calzones, lo cual, seguramente hubiera servido para reencausar mi carga libidinalhacia otras latitudes. Sin embargo, semejante propuesta jamás recibió una respuesta lo que me hizo pensar seriamente en las propuestas que suelo hacer a mis amigas virtuales.
Un par de semanas después y con el tema de las fotos en el olvido, descubrí en mi mail las ansiadas instantáneas de Diana con las pechugas al aire. Ese extraño ego que se apodera de uno cuando las cosas deseadas se aparecen de forma inesperada me trajo por las nubes durante dos semanas, tiempo en que no dejé de contemplar las imágenes de la misma forma en que el indio Tizoc observó a la niña María antes de ser aporreado por una turba de imbéciles. La sola idea de que aquella chamaca regiomontana de voluminosas tetas hubiera dedicado unos minutos de su tiempo para cumplirme el caprichito, me pareció el acto sexual más noble del mundo. Pero lo importante de todo este suceso vino dos días después, cuando se me ocurrió la fenomenal idea de proponerle a Diana que se tomara otras fotos un tanto más explícitas, es decir, con la peluchera expuesta y en poses que pudieran calificarse como artísticas.
Diana aceptó.
Estaba a punto de darle las indicaciones precisas para que llevara a buen cauce mi nuevo capricho cuando comenzó a platicarme de su novio-novio, no el free del que me había contado en todas las ocasiones anteriores. Me confesó que el sujeto ya estaba al tanto de las fotos que me había regalado y que esto no lo tenía muy contento. A decir verdad, reconozco que yo tampoco hubiera considerado una genialidad que un remedo de escritor encuerara a mi mujer para exponerla como efigie de sus anodinos textos y con ello lograr que alguien lo leyera, sin embargo, ese no era el caso. Resultó que la chamaca me dijo que el novio estaba muy encabronado y por ese motivo estaba pensando en hacer una visita a la ciudad de México y así arreglar cuentas conmigo.

     - Es que mi novio viaja mucho y puede ir a México cuando él quiera –dijo para mi terror.
     - Ah si…
     - ¡Sí!
     - ¿Y a qué se dedica tu novio?
     - ¿En realidad quieres saber?
     - Si –afirmé por mero compromiso pues la verdad no tenía el menor interés por saberlo.

Por la descripción que comenzó a darme, en algún momento tuve la certeza de que se trataba de algún miembro del Cartel de Santa –que ya es mucho decir– o un fanático desquiciado con tendencias asesinas. Pero pronto salí de la duda sólo para reafirmar el terror que ya se me acumulaba entre las piernas al enterarme que el novio-novio de mi nueva deidad era nada menos que Zombie BLS, un luchador extremo que gusta de aplicar todo tipo de castigos brutales a sus rivales antes de triturarles los huevos a patadas. Eso no es todo, el Zombie BLS acaba de salir de la cárcel por cocer a balazos a un infeliz que le mentó la madre luego de que el muerto viviente se negara a darle un autógrafo. ¡En la madre!
A estas alturas de la vida no es que el pavor me corroa pero, por si acaso, un día alguna de ustedes decide enviarme fotos con las tetas o la peluchera al aire para que yo las publique en alguno de mis textos, sírvanse de menos avisarme quien es su novio-novio. Es un trato.

25 de octubre de 2009.

jueves, 4 de marzo de 2010

Se han publicado mis más recientes textos en www.PalabrasMalditas.net llamados Prostitwiters y Reseña del Diraio íntimo de un Guacarróquer, textos que es mejor que lean antes de que se les platique.

Ojalà puedan leerlos y comentarlos.

martes, 16 de febrero de 2010

Niña pop.

I

Arrumbado en la densa oscuridad de esta maldita habitación
soporto los embates de tu baile con la muerte.
Aunque han pasado los años
no has dejado de ser niña,
la misma que conocí cuando iba de visita a tu casa
para robarle los discos a tus hermanos.

Recuerdo que me veías entrar
y te apresurabas a hacer la tarea
fingiendo dedicación para que yo pudiera embolsar a
White Zombie, Anthrax y Pantera.

Entre ecuaciones y gráficas,
sonreías con picardía
mientras yo cometía el acto más ruin
que se le puede hacer a dos amigos.

II

La tarde que te plantaste frente a mí
para ofrendarme un disco de portada negra
a cambio de un simple beso
construiste la mejor tarde que mi memoria pudiera registrar.

Era la última inversión de tus hermanos,
(un par de engreídos consentidos
que no merecían lo que tus padres les daban).

No me gustaba Metallica pero fui incapaz de resistirme
a la oferta de tus labios.
Olvidaste la tarea y decidiste
que pasáramos la tarde tirados en la alfombra de tu recámara.
Yo ya iba en la preparatoria y tú acelerabas tu urgencia por crecer.

Tras un par de horas de nuevas experiencias
abandoné la alfombra para dirigirme al estéreo
quería poner el disco negro: te negaste sin compasión.
Se me olvidaba que eras la niña,
La Niña Pop de tu casa.

Amenazaste con delatarme si me atrevía a poner
ese –maldito- disco, del que no entendías una palabra.
A cambio pusiste ese álbum que ti te gustaba
y bailaste todas las melodías para mí.

Con un cepillo-micrófono
y coreografías ensayadas en tu recurrente soledad,
te robaste mi risa durante los meses que seguí acudiendo a tu casa,
ya no por los discos de tus hermanos
sino por ti.

III

Me dolió haber sido desterrado de tu casa
cuando se descubrió la verdad
(cuando el mueble de los discos estuvo casi vacío).

Fui vetado de tus brazos
y tus hermanos exigieron que pagara peso por peso
lo que ellos compraban por moda -sin valorar-.

Te prometí, para calmar tu llanto,
que regresaría cada disco.
Y juré en nombre de nuestro jodido amor
que me reivindicaría con tus hermanos.

IV

Arrumbado en la claridad de esta maldita habitación
elevo una plegaria para volver a sentir
las embestidas de tu baile de Niña Pop.

Nunca te busqué por temor a que recriminaras
que te hubiera abandonado a tu suerte
con las bestias que eran tus hermanos
(ese par de desgraciados que hoy lloran tu partida)
los que nunca supieron soportar que tu pusieras sus discos
en mejores manos.

V

Conservo con odio-cariño todos los discos que robé
lo que ya importa un carajo pues ellos dejaron de escuchar rock
(se perdió la magia).

Conservo en la memoria el embate de tu baile de pop star
las coreografías construidas en tu recurrente soledad
y el manejo de tu cepillo-micrófono que era lanzado al aire
cuando buscabas el refugio de mis brazos y mis labios.
VI

Gracias a los discos robados
a la penumbra de tu habitación
al destierro dictado por tus padres
y –principalmente- al odio de tus hermanos
jamás podré olvidar que fui el único hombre en esta vida
que te pudo besar.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Lluvias dispersas (Bitácora del Orgasmo, 2009)

Cuenta la leyenda que en la década de los ochenta existió un famoso meteorólogo llamado Juan Carlos Iracheta que se caracterizó por nunca atinar a alguno de sus pronósticos. Desde entonces, la mayoría de los que ahora son viejitos, tienen la costumbre de pasar por alto toda recomendación hecha, o bien, hacer exactamente lo contrario a lo indicado por los meteorólogos. Lo anterior lo recordé cuando en todos los noticieros mencionaron que el Valle de México estaría soleado por la mañana y al atardecer habría algunas lluvias dispersas.
Por este motivo el viernes que precedió al día de muertos salí de casa para dirigirme al trabajo, eran las dos de la tarde. Un ligero viento me hizo pensar en la posibilidad de regresarme para hurgar en el clóset y descolgar una chamarra o una camisita de franela tipo grunge, con la cual abrigarme. Sin embargo, el sólo pensar en regresar un par de calles me generó algo que los mexicanos definimos perfectamente con la palabra huevonada y preferí seguir mi camino especulando que dicho soplo sólo era un remanente de los vientos del norte extraviados en nuestra conflictiva ciudad. Además, a lo lejos, en las montañas, se podía ver que el sol ganaba una batalla contra las nubes y poco a poco su resplandor se abría paso entre ellas.
Diez minutos después, abordé un camión con dirección al metro Cuatro Caminos, mismo que circula por el último tramo de la autopista México-Querétaro y posteriormente, enfila por el periférico hasta su destino. Y fue precisamente en este último tramo, es decir, donde las montañas se transforman en un montón de casas encimadas, donde horrorizado me percaté que una nube negra –lo que se dice, negra– avanzaba decidida hacia nosotros. Al presenciar semejante cuadro, en lo único que pude pensar fue: a) no traigo paraguas, b) el Apocalipsis viene por Ciudad Satélite, y c) la película El día después de mañana.
Justo en ese instante sonó mi teléfono. Al responder me alegré de escuchar a una vieja amiga de la universidad que me llamaba para invitarme a una fiesta de halloween pero de inmediato rechacé el convite por no cargar en el portafolio mi disfraz de maguito Rodi –chim-pum-pam tortillas papas–. En seguida recibí la llamada de Isabel, que desde hace seis meses me tiene mareado con su promesa de pasar a visitarme para pagarme el dinero que me debe desde hace un año; luego vino la llamada de una señorita con la intento trabar algunas relaciones de índole sexual; y así, hasta completar siete llamadas, un récord para mi teléfono celular.
El caso es que al terminar la última llamada se me ocurrió asomar la carota por la ventana sólo para llevarme el susto de mi vida pues a la altura de Mundo E, la ciudad se encontraba oscurecida como si fueran las siete de la noche. En la madre –pensé–, ¿a qué hora me subí a la máquina del tiempo? Sólo para no dejar lugar a dudas de semejante misterio corroboré la hora en mi reloj, en mi teléfono y en el primer noticiero que pude sintonizar. Un relámpago seguido de unas gotas gordas de agua se dejaron sentir con fuerza y el pensamiento sobre la película El día después de mañana se transformó en el de la película La guerra de los mundos, con Tom Cruise, en la que unas maquinotas enterradas en el precámbrico salen del suelo a la orden de una nubezota similar a la que estaba sobre nuestras cabezas.
Cuando los relámpagos se hicieron presentes y los truenos retumbaron cual tambora sinaloense, sólo pude remitirme a bajar a todos los santos del cielo, incluyendo a San Will Smith y San Bruce Willis (Liv Tyler, incluida) para que vinieran a salvarnos de los extraterrestres. “Los marcianos llegaron ya y no llegaron bailando ricachá”. El chofer detuvo la marcha del camión y con una voz que únicamente infundó pavor mencionó que lo mejor era esperar a que el agua aminorara para evitar un accidente.

     - ¿Y si nos llega un trailer por atrás? –preguntó una viejita que venía sentada hasta adelante.

Contagiado de semejante optimismo me brinqué siete asientos al frente y aceleré mis plegarias esperando que el extraterrestre con el que me tocara luchar estuviera mal programado o fuera de plano un pendejo en el pugilismo. La lluvia arreció y durante setenta y dos minutos, quienes estuvimos estacionados en el periférico norte, por fin logramos entender esa frase que dice “la virgen lava pañales” de un conocido villancico.
Cuando el temporal amainó recibí una serie de llamadas que me avisaban la postergación o suspensión de las citas que tenía programadas para esa tarde. Maldije mi suerte y pensé que lo mejor hubiera sido quedarme en casa. Para rematar, Lorena, una musa de la cual les hablare en una mejor ocasión, me presionaba para llegar a la cita pactada considerando que ella ya se encontraba en el lugar acordado, mojada hasta las nalgas. Maldita sea. Tomé la decisión de bajarme del camión y correr como en su momento lo hiciera el indio Juan Diego pero apenas pude avanzar unos metros cuando me topé con un montón de gente que al verme llegar me miraron como se ve a un pobre pendejo: el periférico a la altura de Lomas Verdes, a un costado del hospital de traumatología, estaba convertido en una laguna que sólo podía atravesarse si uno llevaba en su portafolios una lancha inflable. Me resigné.
Decidido a mandar todo al carajo, tomé la sabia providencia de regresar a mi casita decidido a no volver a ver noticieros e inventar un buen pretexto para justificar mi no llegada al trabajo y planear una estrategia de convencimiento que deje satisfecha a Lorena luego de que la dejé tomando café en un Vips hasta las ocho de la noche.
Espero que este texto no sea leído por ella. Tantán.