miércoles, 20 de abril de 2011
martes, 19 de abril de 2011
Matute 2011.
De plano no me gusta como se ve el oficial matute en la actualidad. ¿Será que le entró el síndrome de Jaime Moreno o el de Alfredo Palacios y sus últimos años de fama los ha invertido en hacerse operaciones en la cara como si se tratara de un deporte olímpico? También es obvio que se nota más chaparro y abotagado, si quieren regresarlo a la pantalla exijo que no sea con esta figura. Por la dignidad del Oficial Matute y la de sus admiradores.
domingo, 17 de abril de 2011
Don gato y su pandilla.
Mi infancia transcurrió apaciblemente entre el patio de la casa de mi tía, el televisor y la tentación de agarrar unos libros de colores que había en su pequeña biblioteca, mismos que mis primos y yo teníamos prohibido tocar por el riesgo de ensuciarlos o romperlos. A cambio solíamos pasar horas frente al televisor, comiendo galletas Marías con cajeta (las cuales ahora se comercializan en el transporte público a precio infame) y tomando agüita de limón. La serie que más me gustaba era Don Gato y su pandilla, pocos capítulos pero suficientes para hacer de mi educación televisiva algo grato. Recuerdo -igual que muchos- los memorables capítulos del viaje de Benito B. Bodoque a Hawai; el episodio de Ciriaco, el oso hormiguero; el del caballo árabe que le gustaban las fotos; el de Carlitos (el sobrino de Matute); el de El Gran Gus; el de la mamá de Benito visitando New York, y por supuesto, el del Marahá de Pocajú y sus propinas en diamantes.
Hace unos días me enteré que se está haciendo una película de Don Gato y su pandilla en 3D, lo cual me hizo el tipo más feliz del mundo porque de verdad para muchos de mi generación esta serie animada es parte fundamental. Sin embargo, ayer me encontré las primeras imágenes de los personajes adecuados al contexto actual y no me gustaron: los cinco gatos parecen "en drogas" y el oficial Matute parece que se ha operado la cara como lo hacen muchos señores en la actualidad.
Ojalá que el trabajo final no me vaya a descepcionar y que pueda disfrutar nuevamente de esas caricatura en una sala de cine.
Ojalá que el trabajo final no me vaya a descepcionar y que pueda disfrutar nuevamente de esas caricatura en una sala de cine.
jueves, 7 de abril de 2011
La música que perdimos.
Hace unos meses mantuve contacto continuo con Paul Medrano, uno de mis escritores preferidos gracias a tres o cuatro textos y sobre todo a la antología de cuentos de Palabras Malditas. Gracias a la red logré un clic inmediato con él y colapsamos nuestras fuerzas gracias a Adriana Benitez, amiga mutua a la que rendíamos culto incondicional.
Tiempo después y gracias a una charla que mantuvimos gracias a algunas joyas musicales del ayer, supe que apareció uno de sus textos en la revista La mosca en la pared (en línea) donde la sorpresa más grande fue percatarme que había una dedicatoria para mí. (Se eleva el ego y se ensancha el pecho)
En su más reciente actualización, la revista Cuadrivio abre el espacio para Paul quien se estrena con aquél texto, cuya liga comparto con ustedes: La música que perdimos.
Espero lo disfruten.
domingo, 3 de abril de 2011
Llámame puta. (Palabras Malditas, diciembre de 2005)
¿Recuerdas cuando, en tu infancia, te gustaba representar a los personajes de la televisión, cuando te creías superman o la mujer maravilla, o cuando imaginabas convertirte en estrella de rock? No puedes negarte a reconocer que alguna vez soñaste con ser otra persona, alguien distinto a quien eres en la actualidad. Algunos que lograron acercarse a ese sueño -los más osados-, ahora caminan por las calles de esta ciudad vestidos con gabardinas negras de terciopelo y con la cara pintada de blanco; otros lo hacen exageradamente maquillados aunque vestidos de mujer, manifestando una exuberancia que provoca envidias entre el ejército de cuarentonas deseosas de felicidad.
Profundos estudios antropológicos elaborados al respecto, complementados por trabajos cuyo enfoque psicológico fundamentan la inconformidad personal y por consecuencia, los malestares de toda la sociedad, indican que todos absolutamente, por lo menos en alguna ocasión, hemos sentido esa envidia que nos mueve preguntar ¿por qué no fui otro?
Esta inconformidad cuando es llevada al terreno sexual, orilla a los individuos a realizar actos que fuera de la sensación de la excitación, resultarían impensables pero que paradójicamente, proyectan deseos que gran parte del tiempo permanecen reprimidos, moviendo al individuo a reformular la pregunta y decir ¿por qué no serlo?
Cambiarse el nombre o ponerse apodos en algunas partes del cuerpo al momento de llevar a cabo actos sexuales específicos; disfrazarse; representar escenas o fingirse “otro”, son situaciones muy comunes en la vida sexual que aunque son comentadas a menudo, no todos han tenido la posibilidad de realizar.
Por ejemplo, para algunas mujeres, bautizar sus órganos genitales con algún nombre (Manzanita, Kitty, Gatita, Chepina, Galleta, etc.), con la finalidad de utilizarlo como palabra clave con su pareja cuando desea tener un encuentro sexual (¿quieres comer Galleta?) resulta, además de divertido, algo que les permite abrirse a experiencias no convencionales; aunque también existe el caso contrario, es decir, cuando el miembro masculino es apodado con algún sustantivo que le permita elevar los niveles de excitación sobre todo, en el momento de que le practiquen el fellatio.
Lo anterior ha generado chistes o diálogos en doble sentido que son muy comunes entre hombres y mujeres aunque vale la pena reconocer que desde siempre, los genitales han sido la parte del cuerpo con más apodos debido a que se ha buscado la forma de esconderlos por considerarlos sucios. ¿Recuerdan eso del pajarito, pollito, canelita, palomita y una enorme cantidad de ridiculeces con las que se ocultaban las palabras pene y vagina?
Dentro de una fantasía sexual, un disfraz puede ser capaz de desencadenar toda una hecatombe orgásmica con el sólo hecho de ver a la pareja portando ropas que nos remitan a pensar en situaciones específicas. Personalmente, siempre he tenido una lujuriosa inclinación hacia las muñequitas japonesas de hentai, así que no me resultaría desagradable observar a mi pareja vestida como Sailor Moon o como cualquiera de esas chicas emanadas de la imaginación japonesa. Reconozco que tampoco me desagradaría tener un encuentro sexual con la Mujer Maravilla o con una policía (sí, sí, sé bien lo que están pensando pero también soy un sujeto selectivo). Sin embargo, ceder el rol de voyeur a la pareja puede ser una buena experiencia. Así, los disfraces como un elemento erótico pueden ser algo totalmente revelador en una relación sexual que comience a tornarse monótona. ¿Has intentado iniciar un encuentro sexual portando una máscara de luchador y aplicando una sutil variante de la “de a caballo”? Si no, es una buena recomendación para comenzar.
Cierto, aquí no se está descubriendo el agua tibia pero lo que intento con estas aseveraciones es que saques ese viejo disfraz del armario y le pongas ese toque chispeante a tu relación para que luego la cedas al mundo en algún comentario en esta sección o bien, la dejes asentada en el expediente con tu psicólogo de confianza, misma que seguramente servirá para amenizar sus reuniones y al final, terminará llegando a nuestros oídos.
Muy a la par de los disfraces, la representación de escenas que permitan un preámbulo erótico a la vista de personas desconocidas –aunque éstos no sepan que lo que están presenciando lleva un fin erótico- puede ser una experiencia desbordante.
A este respecto, me acuerdo muy bien de una pareja que llegaba todas las tardes de viernes al mismo restaurante que yo. La mujer entraba primero y minutos después aparecía su pareja, quien ocupaba una mesa distante pero de modo que pudiera observar cada movimiento de la dama. Ambos comían por separado pero cuando pedían el postre, ella se levantaba al baño, situación que el señor aprovechaba para abordarla e intercambiar algunas palabras. Al final terminaban comiendo el postre juntos mientras intercambiaban besos para luego salir del lugar. Una de las meseras de ese restaurante, comentaba: “ahí viene los locos… no sé para qué hacen tanta faramalla si de todos modos ahorita se van al hotel”. La primera vez que escuché ese comentario me atreví a romper la distancia fingiendo sorpresa y preguntándole si lo que decía era cierto.
- Si, joven; esos trabajan aquí adelante, en el banco. Están bien locos. Siempre hacen lo mismo, comen en mesas separadas y al final terminan comiendo juntos; el señor paga las dos comidas. Hacen como si no se conocieran pero esos dos se conocen hasta las amalgamas.
Cierto, días después me atreví a seguirlos y efectivamente, ambos se metían a un hotel. El fin de aquello sin duda era parte de una fantasía erótica que les servía de prólogo para un encuentro sexual. Me hubiera gustado saber si aquellos eran esposos o amantes, de saberlo pudiéramos entender mejor el fin de aquella representación.
Una situación similar a esta, era representada por un conocido cercano quien tenía la afición de recoger a su pareja en la calle, abordándola como si se tratara de una desconocida. Para él, la idea de saber que podía iniciar un encuentro sexual de manera casual totalmente resultaba placentero.
La representación de roles o situaciones, como una experiencia erótica puede tener múltiples variantes que a la vista común, no somos capaces de identificar ya que cada acto depende de un código establecido con anterioridad por las parejas que para cualquiera puede resultar algo meramente cotidiano. Tal vez si pones atención a las personas que te encuentras en los lugares a los que asistes con mayor frecuencia, puedas llevarte unas sorpresas.
En las prácticas eróticas, una variante muy común, una fantasía en la que no se necesita nombrar con pseudónimos delicados a los genitales, ni es útil el uso de disfraces, consiste en adoptar una personalidad que nos identifique con otra de manera diferente a quien en realidad somos, tal vez un personaje común y corriente, alguien trasgresor que en circunstancias normales no resulte agradable para el común de las personas. Sin embargo, dicha práctica no siempre se da de manera espontánea pues para llevarla a cabo, las parejas necesitan algo más que simple acoplamiento corporal.
“¡Llámame puta, cabrón!” . No se trataba de una simple petición, se trataba de una orden. “Dime… ¿Quién es tu puta, quién es tu putita, hijo de la chingada?” Nada convencional si aclaro que la pregunta venía de una mujer a quien jamás había escuchado decir una altisonancia.
¿Qué sensaciones puede experimentar una persona en estado de excitación para llegar a algo como lo mencionado? Liberar deseos que se han visto reprimidos durante mucho tiempo –tal vez toda una vida- puede resultar muy sorprendente no tanto para quien se encuentra en estado de catarsis sino, para aquellos a quienes nos ha tocado presenciar una situación semejante. No obstante, lo que se pudo apreciar aquella tarde, fue una de las sesiones eróticas más maravillosas jamás vividas por quien escribe.
Posteriormente, ya con varios encuentros similares en que la orden inicial se había mutado a toda una rutina en la que también habían entrado los disfraces (Nora se había dejado el traje sastre y la lencería de buen gusto, por unas botas brillosas que le llegaban arriba de las rodillas, un vestido de licra amarillo muy entallado y lencería transparente), las sesiones fueron subiendo de tono al grado de tornarse agresivas, sin que por ello dejaran de ser placenteras para ambos. Esto jamás interfirió con el resto de la relación, es decir, con la rutina normal en la que una premisa fundamental era el respeto, permitiendo cimentar una buena relación posterior al rompimiento.
De manera sutil, traté de repetir el desafió con distintas parejas; como es fácil imaginar no siempre se pudo, sobre todo con aquellas parejas cuyos encuentros resultaron tan efímeros que prácticamente se han borrado de mi memoria.
Tiempo después al charlar el episodio con Nora (cuando no era más mi pareja), no hubo forma de poner muchas explicaciones sobre la mesa. “No sé… ¿Qué te puedo decir? Se trató de una ocurrencia, de algo que me salió espontáneamente”. No me pidas explicaciones, confórmate con recordar que alguna vez fui tu putita… privilegio que hasta hoy, no ha tenido alguien más. En sus palabras queda un mar de dudas pero tratándose de Nora, puedo confiar en que por lo menos así será hasta que alguien la provoque para volverlo a repetir.
Este fue sólo un ejemplo pero, ¿a ti, a quién te gusta representar? ¿Quién te gusta ser en tus encuentros sexuales; una puta, Cleopatra, Sailor Moon o tal vez la Mujer Maravilla, o mejor aun, te gustaría ser Nora? Si es tu respuesta es esta última, espero puedas compartir conmigo esa mínima fantasía.
viernes, 1 de abril de 2011
Bebo y escribo para no dejarme morir.
Pido la primera:
eximia pócima que de manos de un hechicero
emerge al primer trago extendido,
un lienzo tejido de enunciados cortos.
Poemas de ron con hielos
que escupen con las primeras letras
elegías evocadoras
reviviendo la presencia de tu ser.
Por la puerta de dos alas
entra con el viento tu recuerdo.
No te tengo, jamás te tendré.
¡Enciendan la rocola y que cante Jose Alfredo!
“Una ronda para todos los presentes
paga su amigo el mismo dolorido de ayer.”
Ron con hielos que no quema
¡una botella de aguardiente, por favor!
Letras de un estúpido poeta
que se barren entre júbilo y clamor.
Tóquenme la misma, esa que me hace llorar:
Cuatro Caminos hay en mi vida,
sentencia que no devela,
cuál de los cuatro será el mejor.
Escribo y bebo para vivir
para soportar entre camaradas
la misma madre: la cantina,
que abre sus piernas en la madrugada
para escupirnos sin miramientos
al lugar donde pertenecemos,
donde todos somos mortales.
Sírvanme la caminera:
poción excelsa que de manos de un mago Merlín,
extiende a la calle la fiesta de los que no somos
convidados por la alcurnia y terminamos siendo
esas que no terminé de escribir
por cantar a Jose Alfredo, el poeta.
No te tengo, jamás te tendré,
pero siempre que entre a una cantina
recitaré para los presentes
los versos que te consagré
a cambio de un trago que lleve a otro trago,
que lleve a otro poema,
que lleve a tenerme ocupado
para no dejarme morir por ti.
eximia pócima que de manos de un hechicero
emerge al primer trago extendido,
un lienzo tejido de enunciados cortos.
Poemas de ron con hielos
que escupen con las primeras letras
elegías evocadoras
reviviendo la presencia de tu ser.
Por la puerta de dos alas
entra con el viento tu recuerdo.
No te tengo, jamás te tendré.
¡Enciendan la rocola y que cante Jose Alfredo!
“Una ronda para todos los presentes
paga su amigo el mismo dolorido de ayer.”
Ron con hielos que no quema
¡una botella de aguardiente, por favor!
Letras de un estúpido poeta
que se barren entre júbilo y clamor.
Tóquenme la misma, esa que me hace llorar:
Cuatro Caminos hay en mi vida,
sentencia que no devela,
cuál de los cuatro será el mejor.
Escribo y bebo para vivir
para soportar entre camaradas
entre iguales
entre amigos
entre hermanos
esos que sólo podemos ser paridos porla misma madre: la cantina,
que abre sus piernas en la madrugada
para escupirnos sin miramientos
al lugar donde pertenecemos,
donde todos somos mortales.
Sírvanme la caminera:
poción excelsa que de manos de un mago Merlín,
extiende a la calle la fiesta de los que no somos
convidados por la alcurnia y terminamos siendo
borrachines infelices
alcohólicos cantores
poetas de banqueta.
Abrazo la otra mitad de tu ser a mis letras,esas que no terminé de escribir
por cantar a Jose Alfredo, el poeta.
No te tengo, jamás te tendré,
pero siempre que entre a una cantina
recitaré para los presentes
los versos que te consagré
a cambio de un trago que lleve a otro trago,
que lleve a otro poema,
que lleve a tenerme ocupado
para no dejarme morir por ti.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



