viernes, 18 de noviembre de 2011

Fotografía. (PalabrasMalditas.net, julio de 2010)

Existe un lugar en el que suelo refugiarme cada vez que Marisol se va de casa. Es un sitio pequeño y sucio. Siempre pido la misma mesa, la que está en el rincón muy cerca de la única ventana que puede abrirse. Me gusta sentarme aquí porque no fumo, porque es el lugar más alejado del barullo y porque mi presencia en esta mesa me ha vuelto una especie de sujeto extraño, un imán para las bailarinas ojeadoras de carteras que trabajan como chicas de variedad.

El lugar está casi vacío.
En la pista baila una joven desnuda. Su cara me hace pensar que es menor de edad.
Saco mi libreta.
Un mesero, el mismo mesero de siempre, arriba solícito. A pesar de que le ordeno sólo una cerveza, trata de convencerme para que pida alguna de las bebidas caras de la carta. Le hago saber que bebo poco, que estoy ahí por las chicas y no por los tragos, pero él insiste que el show se disfruta mejor con una buena copa. “Sólo una cerveza”, insisto, y él se retira maldiciéndome. Son las cinco de la tarde y en el lugar apenas hay un par de jóvenes grasientos, dos empleados bancarios y un solitario albañil embobado con las nalgas que raudas se pasean frente a sus ojos. A diferencia de otros viernes El forastero está triste. No hay ambiente, no se siente la camaradería y la música está peor de lo habitual.
Hoy he despertado antes de que salga el sol. Me he parado junto a la ventana y desde ahí he visto dormir a Marisol. Aprovechando su inconsciencia le he tomado un montón de fotos desnuda con las que seguramente podré sobrellevar su ausencia. Antes de dormir discutimos y eso me lleva a calcular su regreso hasta dentro de un mes aunque uno nunca sabe con mujeres como ella. Pero esta vez no la extrañaré como las ocasiones anteriores, su recuerdo proyectado en la pantalla de mi computadora o impreso en papel fotográfico, será suficiente para no sufrir su ausencia como ya lo he hecho otras veces.
Llega mi cerveza y con ella la chica desnuda que acaba de bajar de la pista.
La invito a sentarse.
Da una ojeada a mi cuaderno y me pregunta para qué es todo eso que estoy escribiendo.
No lo contesto.
Disfruto ver a Marisol desnuda bajo la regadera, con el cuerpo enjabonado y el agua escurriendo por su espalda, formándole una cascada entre las nalgas. Siempre me han dado ganas de ducharme con ella pero no lo acepta. En todos los casos antepone un estúpido discurso sobre la intimidad que he aprendido de memoria y que suelo repasar en silencio mientras la escucho. Ni siquiera me permite enjabonarle la espalda, para eso trae un cepillo que sustituye las maravillas que pueden hacer mis manos.
La chica desnuda comienza a colocarse el sostén.
Aprovecho para estudiar su rostro. Sin duda es menor de edad.
Mi indiferencia la exaspera y la aleja.
Mientras Marisol se bañaba pude revisar tranquilamente su celular. Sé que sale con un muchacho menor que ella, un jovencito límpido que estoy seguro ni siquiera sabe besarla, de lo contrario ella no estaría aquí. Ya ha pasado otras veces pero procuro no darle tanta importancia. Encuentro una vieja fotografía de hace tres o cuatro años. No sé cómo ha llegado a su celular. Conozco la foto porque la tomé yo mismo, en mi casa; de eso hace ya unos años. En la imagen puede verse a Marisol mostrando uno de sus senos. Su rostro refleja una extraña melancolía que no es propia de ella. Por más que intento recordar qué le provocó aquello, me resulta imposible. Me doy tiempo para transferir la foto a mi celular y en un mejor momento pensar sobre ella. Una vez que el sonido del agua ha cesado me encamino a la ventana y desde ahí finjo observar la ciudad. Para entonces el sol estaba muy alto.
Marisol es una mujer complicada que sabe mostrar desdén a quien ella cree merecerlo. Hace años que todo ese desprecio me toca a mí. Odio su ritual de vestirse porque una vez puesta la ropa no deja que la toque para no arrugarla. Esta vez no fue la excepción. Le gusta andar siempre impecable.
Cierro la libreta.
La bailarina de siempre, la de los pechos pequeños, sube a la pista.
Tomo mi cerveza. Soy un voyeur sin remedio.
Disfruto ver bailar a esa chica desde hace un par de meses. Algo en ella me recuerda a la Marisol de hace unos años, la misma con la que solía divertirme todo el tiempo; la chica que gustaba de mi compañía a pesar de no tener un peso en la bolsa; la que me prefería por encima de todo sólo porque yo era el único capaz de hacerla reír como una idiota. Ahora todo ha cambiado, se parece más a la de la foto que está en su celular, a la mujer depresiva que no es pero que gusta de encerrarse en el baño a llorar nuestros encuentros como si en ello exorcizara alguna culpa.
La chica de los senos pequeños termina su baile. No dudo en invitarla a sentarse conmigo. El mesero se apresura a poner una toalla en la silla. La chica se acomoda. Del mismo modo que la anterior, me pregunta qué es lo que escribo en mi libreta. Le digo que no tiene importancia que me platiqué cómo va su tarde en ese sucio lugar.
La chica comienza a hablar.
Marisol salió de mi casa a las diez de la mañana. Vestía un traje negro y bolsa del mismo color. Llevaba las pantaletas en la mano, dijo que no tenía tiempo de ponérselas porque alguien la estaba esperando. No dije nada, sólo me quedé observándola como el estúpido de siempre. Pude haberla detenido pero no lo hice. Al escucharla bajar las escaleras sentí ganas de correr tras ella y matarla antes de que pudiera llegar a su cita. Me calcé los zapatos y salí tras ella. Apenas pude ver que se subía a un taxi. Hice lo mismo y le pedí al chofer que siguiera al taxi que iba enfrente. Me sentí ridículo, un personaje de telenovela.
Ella bajó del vehículo unos metros adelante, frente al Vips en el que suelo desayunar cuando me sobra un poco de dinero. Mientras yo bajaba del otro auto intentando evadir la mirada curiosa del taxista, pude observar que saludaba al jovencito de la foto. Es casi un niño. Ella lo abrazó y antes de sentarse le dio un beso largo que a mí me pareció eterno, de esos que nunca me dio. Estuvieron más de cinco horas en el restaurante, charlando y riendo de quién sabe cuántas tonteras. Sentí envidia. Me senté en la banqueta a esperar que salieran para después verlos perderse en las entrañas de un hotel. Hasta entonces decidí regresar a casa y tomar mi libreta. Pensé necesario dirigirme al Forastero, ese sitio pequeño y pestilente en el que suelo refugiarme cada vez que Marisol se va de casa.
La chica de los senos pequeños me observa consternada.
Amenaza con irse si no le pago una fiesta privada. Acepto. La sigo hasta un pequeño privado y deposito los billetes en su mano. Su amor no resulta tan caro, vale la pena pagarlo. Una vez desnudos trato de buscar sus labios pero al igual que Marisol, se niega a besarme en la boca. Todo es tan extraño. La chica se recarga en el sofá y a cambio me ofrece sus nalgas. Mientras la penetro pienso en Marisol, en los días que estuvimos casados, en las horas que gozamos juntos jugando a ser felices para siempre; en el momento en que todo terminó; en la mutua dependencia que nos genera no poder estar juntos; en su fantasma rondando mi memoria cada vez que vengo al Forastero; en la fotografía que está en su celular.
¿Por qué cada que se va de casa me deja algo en qué pensar?

Tengo que sacarla de mi vida.


domingo, 13 de noviembre de 2011

Las vergüenzas de Pacquiao.

Para un boxeador como Manny Pacquiao, cuya ascendente carrera lo ha convertido en una máquina de generar dinero gracias a su poderoso boxeo, los triunfos deben representar eslabones capaces de construir una carrera pulcra en la que no se permitan pensamientos malsanos que pongan en tela de juicio su condición de campeón. Recuerdo, entonces, a tres de los mejores BOXEADORES (así, con letras mayúsculas) que ha dado este país en los últimos tiempos: el gran campeón mexicano Julio César Chávez, que solía finiquitar sus peleas sin polémicas vergonzantes que hicieran dudar a la gente sobre su grandeza como pugilista; Humberto “La Chiquita” González y Daniel Zaragoza, a quienes afortunadamente me tocó ver en plenitud y por qué no decirlo, también en decadencia.

Para ser el mejor, hay que demostrarlo”, reza la filosofía popular y en la actualidad ese dicho viene como anillo. El reloj marca la agonía del 12 de noviembre de 2011, fecha que ha quedado grabada en la historia del box al haberse registrado uno de los robos más grandes en la historia. Tras doce asaltos que resultaron un verdadero trabuco para Manny Pacquiao, quien fue incapaz de descifrar el boxeo de un sorprendente Juan Manuel Márquez, los jueces decidieron despojar al mexicano de la gloria al regalarle el triunfo al filipino, en una decisión que el mundo ha cuestionado con todo tipo de suspicacias que vienen al caso en estos tiempos. El público no es tonto y la rapidez con que se riega la opinión popular, gracias a la intenet, lo deja de manifiesto.

Desafortunadamente, lo visito hace unos minutos en Las Vegas, pone a discusión las formas con que se califica el boxeo en estos tiempos y cuyas apreciaciones ensucian el brillo de quien no necesita de dádivas para convertirse en el más grande (así, con letras minúsculas).

Pero vale recordar que la carrera de Manny Pacquiao, así como la de otros tantos boxeadores actuales a quienes se está forzando a ser campeones a golpe de intereses (económicos, por supuesto), ya tiene cuenta con varias vergüenzas que vale la pena recordar:

1)      Manny Pacquiao vs. Rikky Hatton. Luego de que los equipos de ambos boxeadores no lograban ponerse de acuerdo en las sumas de dinero que se repartirían, se concretó una pelea donde el primero llegaba con la gloria en las manos al haber derrotado a Óscar de la Hoya (que pagó el karma de haber acabado con un Julio César Chávez veterano y alejado de sus mejores días); y el segundo, apenas venía levantándose del knock-out propinado por el escurridizo Floyd Mayweather Jr. Al final, fueron más palabras que golpes: Hatton resultó ser un bulto que visitó la lona en dos ocasiones en el primer asalto y para el segundo, tras un gancho a la mandíbula, quedó inconsciente. “A Pacquiao le están poniendo bultos para hacerlo grande”, opinaba el público luego de la caricatura que había resultado el combate.
2)      Manny Pacquiao vs Antonio Margarito. Bajo el mismo tenor de enfrentar a boxeadores que sólo podían ofrecerle comodidad, Pacquiao se midió con el mexicano Antonio Margarito, que venía cargando el el sopor de haber sido literalmente ridiculizado por Shane Mosley, no sólo encima del cuadrilátero sino también fuera de este, al descubrirse que Margarito pretendió utilizar un vendaje con yeso, lo cual le costó una suspensión al púgil mexicano. Luego de este suceso, se pacta la pelea entre “Pacman” y Margarito que termina en una masacre donde el mexicano resultó fracturado del rostro. Otro bulto más al récord de Pacquiao.
3)      Manny Pacquiao vs. Shane Mosley. Todo parecía indicar que esta pelea sería un dolor de cabeza para el filipino y la expectación fue grande. Al final, como si se tratara de una parodia a un capítulo de Los Simpsons, Mosley sólo procuró no terminar en la lona, situación que fue calificada por José Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo, como "una vergüenza".
4)      Juan Manual Márquez vs Manny Pacquiao. Tras dos combates anteriores en los que reinó la polémica (un empate y un cuestionado triunfo de Manny), se pactó el tercer capítulo de esta batalla. Pero Pacquiao no fue capaz de descifrar el boxeo inteligente de “Dinamita” Márquez y se vio como pocas veces: preocupado, poco contundente e inflamado del rostro. Lo que parecía indicar, sería una victoria para el mexicano, terminó con un cínico robo que fue abucheado por el público y que termina manchando definitivamente la grandeza como campeón de un boxeador que no necesita de dádivas para ser el mejor.

El box está plagado de vergüenzas que han quedado registradas en periódicos, novelas y películas, pero también en la memoria colectiva de quienes saben apreciar este deporte. Desafortunadamente, la noche del 12 de noviembre de 2011, Manny “Pacman” Pacquiao no demostró ser el mejor; fue evidenciado ante el mundo por un mexicano que lo estudió a la perfeccón y se encargó de descubrirlo ante el mundo, por lo que tuvo que entrar al rescate la mano misteriosa para que el filipino no perdiera el título que, evidentemente, ya estaba en la cintura del mexicano. No importa, la historia no podrá borrarse y Pacquiao no podrá ostentar ese cinturón con la frente en alto y para JUAN MANUEL MÁRQUEZ (así, con letras mayúsculas), queda el reconocimiento como el boxeador que le ganó dos veces a Manny Pacquiao.

viernes, 14 de octubre de 2011

Pornoganas

Hay ocasiones en que la pornografía entretiene aunque siempre sería mejor que el espectador común y corriente pudiera estar dentro de la pantalla para desarrollar su propia historia. Desafortunadamente, somos mortales y como tales tenemos que conformarnos con sólo ver a las estrellas del porno mientras hacen su trabajo al tiempo que nosotros sólo nos dejamos envolver por esa aburrida diversión.
Hoy tuve ganas de ver porno y por eso sólo me limité a encender la computadora y teclear en algún buscador una palabra mágica, que como conjuro, me abriera las puertas del paraiso carnal. Tras cinco minutos de encontrar videos que prometían la gloria terminé por aburrirme. No logré completar un sólo video pues en todos el ritual siempre fue el mismo: una porn star pone cara de "tómame tigre" y de la nada se introduce un pene en la boca. Vaya imaginación.
Pensando en las variantes que podría tener el porno comencé a buscar algunos sitios donde pudiera entretenerme más y casualmente, de la nada, descubrí algunos nichos literarios en los que además de mantenerme entretenido lograron satisfacer medianamente mis ganas de ver un poco de porno.
El primer sitio es A tranquear al zorro, un blog en el que se pueden encontrar notas y comentarios sobre el mundillo porno tales como las propiedades nutricionales del semen, las cincuenta porns star más bellas de la historia o los libros que prefieren las estrellas del porno mundial, entre otras linduras. Aunque el sitio no ha sido actualizado en un buen tiempo, debo reconocer que me mantuvo entretenido por varias horas hasta que otra casualidad me llevo hacia otros territorios más formales.
El segundo sitio fue el de la Revista Replicante que en su nueva actualización se complace en presentar textos relacionados con el mal y sus hacedores. Sin embargo, en esta revista existen muchos textos dedicados al erotismo y la pornografía y como ejemplo están el genial texto de Rodolfo JM sobre lo que no se puede hacer en el porno, el texto de Andrés Delgado sobre los motivos que nos mueven a ir con las putas, los textos de Rubén Bonet sobre la literatura erótica, entre otros, con la facilidad que al final de cada texto podemos encontrar más textos relacionaos lo que hace de la visita un recorrido interminable.
El tercer sitio es únicamente de fotografías y aunque a algunos puede parecerles aburrido, personalmente me mantuvo entretenido por una hora; se trata de zapp + 18 en el que seguro encontrarán algo de su interés.
Ahí se los dejo y que pasen un buen fin de semana.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Candy

Conocí a estab banda el sábado pasado por mera casualidad.
Como no tenía nada qué hacer salí a despejar mi mente en los aparadores de un centro comercial y cerca de ahi había un festival de rock. Hacía mucho frío. Llegué a la misma explanada donde La Arrolladora Banda Limón suele generar tumultos pero esta vez no había más de cien personas escuchando a los grupos que se presentaron en el pomposamente llamado ROCK PEACE AND LOVE FESTIVAL.
Tomé mi lugar justo cuando Candy hizo su aparición. Enseguida hice clic con ellos, bueno, con la bajista. Aprovecho la ocasión para confesar mi debilidad por las bajistas (ndr). El caso es que la tercera canción hizo que mi conexión con el grupo se hiciera inminente. Era un cover de Photographic, de Depeche Mode, una de mis canciones preferidas. Seguro estoy que nadie de los presentes conocían la canción original porque ni siquiera movían los labios, por eso sentí esos deseos irrefrenables de alocarme sin importar que los quinceañeros presentes se cagoteraran de risa. Nadie lo hizo.
Aquí una probadita de lo que escuché ese día:

lunes, 3 de octubre de 2011

La noche que Ronald McDonal se comió a Axl Rose.

Axl Rose es un viejo gordo
al que se le ha ido la voz
                                        -y la energía-
su andar se volvió lento y ha comenzado
a olvidar las letras de sus viejas glorias.

Mi chica me lo había advertido:
"no desperdicies tu tiempo que mañana
tienes que ir a trabajar".
Pero fiel a los recuerdos,
a los años de preparatoria,
a las primeras exploraciones por la jungla,
a un recuerdo de lo que yo mismo era,
permanecí durante dos horas frente a la
pantalla esperando a que los Guns and Roses
-genéricointercambiables- aparecieran.

Sabía que nunca saldría Slash, ni Duff, ni Matt,
ni Gilby, mucho menos Izzy (que se había ido mucho
antes de la hecatombe).
Sólo estaba un tipo parecido a Dizzy tocando
en su pianosaurio versiones versátiles de la banda
que un día fue "la más peligrosa del mundo".
También apareció un señor disfrazado de pollito, con gafas
y sombrero de Indiana Jones pudiente. Algunos decían
que era el mismísimo Axl Rose, aunque todos lo dudaban.
No more forever young: ¡ese no puede ser Axl Rose!
escribían las chicas; Axl Rose, ¡qué descepción!

William Bailey es ahora un viejo gordo
                                                 -sin energía-
que se ha quedado sin voz y le cuesta trabajo
interpretar sus viejas glorias. Nunca el paso del
 "elefantito" le había venido mejor.
Dos horas de música de un grupo que parecía de garage.
Hasta mis vecinos de 15 años, que acaban de formar una banda,
tocan mejor.
¡Qué bueno que no compré boletos para el concierto!
repito mientras me quito la ropa para ir a dormir.

Es de madrugada y la imagen del Axl decadente aparece
en el espejo donde me quito la ropa.
Siento un alivio: no es culpa de ese hombre
lo que ahora le pasa a Guns and Roses,
sólo es culpa de la vida que nos
vuelve viejos decrépitos irremediablemente.

lunes, 15 de agosto de 2011

Barcos sobre un riel.

Desde la primera vez que escuché esta canción entendí que hay mucha gente valiosa en mi vida. Pero cuando escuché esta versión, supe que Fausto Arrellín es uno de esos amigos a los que nunca hay que dejar ir.


lunes, 1 de agosto de 2011

Un mexicano más.

El primer libro que leí (me refiero a pensarlo, dialogarlo, entenderlo) fue uno de Juan Sánchez Andraka: Un mexicano más. Estaba en primero de secundaria y como podrán imaginar, formó parte de un trabajo escolar. La histora sobre Antonio Mendoza caló hondo en muchos de los que tuvimos la suerte de leerlo y en poco tiempo nos dimos a la tarea de conseguir otro texto del mismo autor llamado Los Domados. Ambos libros, tratan de forma simple, directa y amena las vivencias de los jóvenes que dan el salto a la educación media y media superior. Curiosamente, gracias a ese libro, muchos comenzamos a leer.

Un méxicano más profundiza en los vicios de la dinámica escolar donde los directivos suelen empoderarse y los profesores van "arreando" su trabajo sin dirección alguna, lo que trae consecuencias directas en los alumnos que ven en la educación un castigo que puede evitarse gracias a las corruptelas dispuestas por aparatos institucionales como los de nuestro país.

De esa historia recuerdo dos cosas: cuando Antonio tiene que cambiar un discurso para un concurso de oratoria y donde va a tratar los problemas que aquejan a su municipio. El texto original era una denuncia sobre todo aquello que mantenía a su pueblo sumido en un bache gracias a la corrupción del presidente municipal. Sin embargo, minutos antes del concurso, el director le avisa a Antonio que el presidente municipal se encuentra en el público y no puede leer lo que ya tiene preparado. El chico se niega a cambiar el discurso pero ante la presión del director y bajo la promesa del triunfo, termina cediendo.

El segundo episodio es cuando Antonio y sus amigos salen a parrandear una madrugada. Al caminar por las calles, se encuentran con una mujer (la viuda) y como consecuencia de su ebriedad intentan violarla. Cuando están a punto de cometer su fechoría, un par de policías llegan al rescate de la mujer lo que provoca que los jóvenes malandrines huyan. Al final, son los policías quienes terminan violando a la mujer. Al otro día, se convoca a la comunidad a una junta donde además de tratar el problema de la delincuencia, los policías son presentados como héroes al haber evitado que los malandrines "mataran" a la viuda.

Narro lo anterior pues hace unos días tuve la oportunidad de ver la película basada en este libro, lo que me orilló a releer la obra de Sánchez Andraka. A pesar de que Un mexicano más tiene ya cuando menos tres décadas de haber sido escrito, retrata con fidelidad muchos problemas que se han acentuado en nuestra sociedad y que son los que nos tienen "brincando en la tablita". Desafortunadamente, es la corrupción, en gran medida, la que ha originado que vivamos en estas condiciones pues nuestra sociedad ha aprendido que con dinero, un obsequio o un favor, se puede trasgredir cualquier regla. Si bien -dicen- que las  reglas se hicieron para romperse, nuestra sociedad se ha encargado de cavar con ello su propia tumba. Ahora todos clamamos porque las cosas den un giro en cosa de semanas, que se termine la violencia y que el bienestar se instale nuevamente en nuestra vida cotidiana, sin embargo, le dejamos el trabajo a unos cuantos delegándoles voz y voto en la transofrmación del país pero nos olvidamos que hay otras cosas que están en nuestras manos. La corrupción es pues uno de los lastres más difíciles de desterrar pues es ahí donde se han originado la impunidad y la oportunidad para que cualquiera pueda cometer delitos (por menores que sean).

Por lo anterior y recordando el libro al que hago mención en esta ocasión, sería bueno que repensaramos todos los delitos o faltas que cometemos cotidianamente pero que pasan desapercibidos gracias a que se han vuelto parte de nuestra cultura. Pensemos en ellos y en si estamos dispuestos a dejar de hacernos la vida más fácil con tal de recobrar el bienestar de nuestra sociedad.