En un mundo donde el rock ha tergiversado el rumbo convirtiéndose en una pésima caricatura de una época de gloria y en un país donde la chiquillada pretende ser un clon de los productos desechables que hoy en día promueve MTV, hay un movimiento que sigue manteniendo su vigencia gracias a una actitud contestataria y desmadrosa, y por qué no decirlo, divertida del rock.
Cierto, aunque son muy pocos, existen quienes todavía se atreven a agarrar una guitarra y sin más equipo, deciden salir a la calle para interpretar alguna canción que pueda ser un retrato de la realidad, adoptando como foro cualquier esquina, plaza e incluso el transporte colectivo. Muchos de esos intérpretes no podrán dejar fuera de su repertorio a quien hasta el día de hoy es mejor conocido como el Profeta del Nopal: Rodrigo González.
Creador de la canción Metro Balderas (que hiciera famosa Alejandro Lora con el TRI), Rockdrigo, dejó su natal Tampico para venir a la ciudad de México y convertirla en su más grande fuente de inspiración, lo cual puede comprobarse claramente en la mayoría de sus composiciones, mismas que hablan sobre las personas de estas latitudes, su forma de vida, su sentir, sus fantasmas y todas aquellos aspectos que caracterizaron la primera mitad de la década de los ochenta.
Y aunque han pasado más de veinte años, las canciones de Rockdrigo (mote con el que también era conocido) parecen haber sido escritas apenas en años recientes; las cosas siguen siendo las mismas, tal vez con nombre y rostro diferente, pero literalmente la sociedad sigue sufriendo las mismas vicisitudes con las que este profeta alcanzara su inmortalidad. Para muestra se encuentran Solares Baldíos, El asalto Chido, Ratas, Vieja Ciudad de Hierro, Pórtate Sensato, La Máquina del Tiempo o Ánimas, que al escucharlas nos hacen recordar la realidad en que nos estamos moviendo.
Innegablemente Rockdrigo marcó a toda una generación de músicos urbanos que, apegados a géneros musicales tradicionalmente no compatibles con el rock, hicieron del movimiento rupestre un híbrido interesante para la cultura popular mexicana pero que aun al día de hoy, no ha caído en el cliché del eclecticismo en el que vemos sumido a un gran número de músicos de ska o raperos, por mencionar un par de ejemplos claros. En este sentido los rupestres han mantenido vigentes sus tendencias musicales simplemente siendo fieles a una ideología que antepone su visión por la realidad y no a la toma de actitudes y poses que los hagan parecer incluyentes y concientes.
Es por lo anterior, que el legado de Rockdrigo ha sido tan importante, que prácticamente en todas las expresiones artísticas se encuentra algo dedicado a este cantautor mexicano. Para los cineastas no ha pasado desapercibido y existen cuatro buenos documentales en los que ha sido retratada su vida y obra: Por qué no me las prestas: 10 años de Rockdrigo, de Sergio García; Rockdrigo, la ciudad del recuerdo, de Alejandro Ramírez; No tuvo tiempo, de Rafael Montero y Hurbanistorias, de Paul Leduc.
Por otro lado, cada año músicos de diversas corrientes, rinden homenaje al Profeta del Nopal en conciertos y eventos que se celebran en distintos puntos de la ciudad. Dos de estos eventos son los que se llevan a cabo en el Foro Alicia y en la estación del metro Balderas, en donde además, se encuentra develada una placa en su honor. El año pasado, al conmemorarse los veinte años de su desaparición, se realizó un concierto monumental en la plancha de Zócalo defeño, en donde participaron invitados del calibre de Botellita de Jerez, El Haragán y Cia., Santa Sabina, San Pascualito Rey y prácticamente todos los rupestres conocidos como Rafael Catana, Arturo Meza, Gerardo Enciso, Armando Palomas y por supuesto, Fausto Arrellín con el grupo Qual (grupo con el que Rockdrigo se electrificara, musicalmente hablando), mismos que además, editaron en conjunto con El Angelito Editor y el Museo de Culturas Populares, un disco homenaje titulado A ver cuando vas…
Son ya 21 años de recordar el 19 de septiembre, son 21 años del sismo, de los edificios caídos, de la unidad habitacional de Tlatelolco herida, de la ciudad colapsada. Son 21 que Rockdrigo partiera de este mundo y por eso vale la pena recordarlo. Sin duda quienes hemos tenido la apertura para saborear lo que los rupestres nos ofrecen, hemos podido apreciar de una forma bizarra, desmadrosa y muy cotorra, nuestra realidad.
En un mundo donde MTV perdió muchos huevos, donde el TRI sigue sonando al TRI, donde Alex Lora se sigue creyendo muy vergas repitiendo sus desgastados rollos, donde la bandera del rock ya es de diseñador, donde Guns and Roses sigue vivo gracias al estampado de las playeras, donde las muñequeras y los estoperoles ya no dan miedo, donde los punk son felices, donde el rock ya no suena a lo mismo, donde los grupos nacen para desintegrarse y luego planear el reencuentro, donde lo urbano está de moda, donde ser rebelde es cosa de fresas, donde ser naco es chido, donde los gruperos son más roqueros que los roqueros, donde el rock urbano sigue siendo considerado como rock naquito, donde Metallica me recuerda que el rock se está muriendo, donde Shakira mueve sus caderas y ya hay mejores tetas que las de Pamela, donde hasta la lucha libre se ha puesto de moda, en este mundo, seguimos recordando que Rockdrigo no tuvo tiempo de cambiar su vida…
domingo, 15 de noviembre de 2009
sábado, 14 de noviembre de 2009
Amores impuntuales (Palabras Malditas, 2008)
Para muchas personas la puntualidad representa un acto de buen gusto, una cualidad; para otros, en cambio, se trata de un ritual con el que se urgen los encuentros con el destino y se pone punto final a los choques frenéticos pocas veces deseados; para un tercer grupo, donde se mezclan por igual los mezquinos con los optimistas, la puntualidad es sinónimo de oportunidad.
Personalmente, me he encargado de pulir la habilidad de retrasar mis llegadas en gran parte de mis citas, orillando a mis interlocutores a ingresar en el laberinto de la incertidumbre y provocando que su estado de ánimo deambule violentamente en cada uno de los extremos del humor. Sin embargo, las consecuencias de jugar con el tiempo de los otros y de uno mismo, es a todas luces previsible por lo que no vale la pena detenerse a disertar en ese aspecto.
Desafortunadamente, existen otros casos en los que el control del tiempo se encuentra fuera de nuestras manos, situación que nos enfrenta cara a cara con momentos igualmente ridículos como desagradables. Al pensarlo, no puedo dejar de remitirme a mi promiscua pubertad, cuando debido a mi arribo impuntual a este planeta, tuve que conformarme con ser un simple espectador en la vida de Tamara, una mujer diez años mayor por la que profesaba una pasión que se mantuvo clandestina hasta el día de su extinción. Como lamenté no haber tenido la edad suficiente para encararme con ella y hacerle saber todo lo que su presencia le motivaba a mis sueños.
Fue esa misma impuntualidad, sólo que por parte de otras mujeres, la que logró situarme en la otra cara de la moneda, es decir, como el ser intangible de quienes hubieran querido nacer unos años antes, o cuando menos los suficientes, para lograr conectar su vida a la mía. En esa situación, recuerdo recientemente a Miriam, una belleza que se negó a ser un secreto; a Susana, quien dañada por el desprecio optó por lanzarse al embarazo; o a Viridiana, quien ahora siente una profunda vergüenza cada que le recuerdan que hace unos años estaba profundamente enamorada de mí.
Así, los amores impuntuales, son aquellos que aparecen con años de demora y cuya tardanza produce una desazón que se acerca al sentimiento de culpa, a la impotencia por no poder controlar la llegada al mundo a nuestra entera conveniencia y de esa forma poder manipular el gozoso curso de la existencia. Con todo y lo que conlleva, conozco a muchos que han retado al padre tiempo, dándose la oportunidad de trabar relaciones con amores impuntuales, concientes de las consecuencias que en el futuro les va a acarrear. Para todos esos valientes, mi respeto y admiración.
El hecho es que hace un tiempo, conocí a Ana Laura con once años, tres meses y veintidós días de atraso, o lo que es igual, el tiempo suficiente para lamentarme su impuntualidad. Conciente de que mi vida atravesaba por un compromiso con la estabilidad, hasta el día de su llegada llevaba un buen tiempo de no pensar en relacionarme con una mujer tan menor aunque en esta ocasión, lejos de sacarle ventaja a mi experiencia, Ana Laura se adelantó despojándome inconscientemente del control de su tardanza. Su jovialidad, característica de todas las mujeres de su edad, así como su enigmático silencio, fueron apenas suficientes para tomar por asalto toda mi vida y perturbar mis pensamientos, ideas, deseos, aspiraciones, emociones, vicios y ambiciones, además de arrancarme de tajo todos los ideales que durante más de once años me había forjado sobre el amor. Ana Laura me desarmó y por si fuera poco, gradualmente se ha encargado de evidenciar el creciente interés que siento por ella, lo que me resta un buen número de puntos en el jaloneo de la seducción.
Escribo este texto como una forma de liberación mientras analizo sesudamente todas las posibilidades que pueden surgir si es que en las próximas horas me atrevo a declararle abiertamente lo que siento por ella. No importa que no lo entienda, que lo pase por alto, que se ofenda o que se burle, me conformo con saber que tengo en mis manos la venganza de los frustrados, que si me rechaza, será el maldito tiempo el que se encargará de ponerla en su lugar.
Personalmente, me he encargado de pulir la habilidad de retrasar mis llegadas en gran parte de mis citas, orillando a mis interlocutores a ingresar en el laberinto de la incertidumbre y provocando que su estado de ánimo deambule violentamente en cada uno de los extremos del humor. Sin embargo, las consecuencias de jugar con el tiempo de los otros y de uno mismo, es a todas luces previsible por lo que no vale la pena detenerse a disertar en ese aspecto.
Desafortunadamente, existen otros casos en los que el control del tiempo se encuentra fuera de nuestras manos, situación que nos enfrenta cara a cara con momentos igualmente ridículos como desagradables. Al pensarlo, no puedo dejar de remitirme a mi promiscua pubertad, cuando debido a mi arribo impuntual a este planeta, tuve que conformarme con ser un simple espectador en la vida de Tamara, una mujer diez años mayor por la que profesaba una pasión que se mantuvo clandestina hasta el día de su extinción. Como lamenté no haber tenido la edad suficiente para encararme con ella y hacerle saber todo lo que su presencia le motivaba a mis sueños.
Fue esa misma impuntualidad, sólo que por parte de otras mujeres, la que logró situarme en la otra cara de la moneda, es decir, como el ser intangible de quienes hubieran querido nacer unos años antes, o cuando menos los suficientes, para lograr conectar su vida a la mía. En esa situación, recuerdo recientemente a Miriam, una belleza que se negó a ser un secreto; a Susana, quien dañada por el desprecio optó por lanzarse al embarazo; o a Viridiana, quien ahora siente una profunda vergüenza cada que le recuerdan que hace unos años estaba profundamente enamorada de mí.
Así, los amores impuntuales, son aquellos que aparecen con años de demora y cuya tardanza produce una desazón que se acerca al sentimiento de culpa, a la impotencia por no poder controlar la llegada al mundo a nuestra entera conveniencia y de esa forma poder manipular el gozoso curso de la existencia. Con todo y lo que conlleva, conozco a muchos que han retado al padre tiempo, dándose la oportunidad de trabar relaciones con amores impuntuales, concientes de las consecuencias que en el futuro les va a acarrear. Para todos esos valientes, mi respeto y admiración.
El hecho es que hace un tiempo, conocí a Ana Laura con once años, tres meses y veintidós días de atraso, o lo que es igual, el tiempo suficiente para lamentarme su impuntualidad. Conciente de que mi vida atravesaba por un compromiso con la estabilidad, hasta el día de su llegada llevaba un buen tiempo de no pensar en relacionarme con una mujer tan menor aunque en esta ocasión, lejos de sacarle ventaja a mi experiencia, Ana Laura se adelantó despojándome inconscientemente del control de su tardanza. Su jovialidad, característica de todas las mujeres de su edad, así como su enigmático silencio, fueron apenas suficientes para tomar por asalto toda mi vida y perturbar mis pensamientos, ideas, deseos, aspiraciones, emociones, vicios y ambiciones, además de arrancarme de tajo todos los ideales que durante más de once años me había forjado sobre el amor. Ana Laura me desarmó y por si fuera poco, gradualmente se ha encargado de evidenciar el creciente interés que siento por ella, lo que me resta un buen número de puntos en el jaloneo de la seducción.
Escribo este texto como una forma de liberación mientras analizo sesudamente todas las posibilidades que pueden surgir si es que en las próximas horas me atrevo a declararle abiertamente lo que siento por ella. No importa que no lo entienda, que lo pase por alto, que se ofenda o que se burle, me conformo con saber que tengo en mis manos la venganza de los frustrados, que si me rechaza, será el maldito tiempo el que se encargará de ponerla en su lugar.
Lluvias dispersas (La bitácora del orgasmo, octubre de 2009)
Cuenta la leyenda que en la década de los ochenta existió un famoso meteorólogo llamado Juan Carlos Iracheta que se caracterizó por nunca atinar a alguno de sus pronósticos. Desde entonces, la mayoría de los que ahora son viejitos, tienen la costumbre de pasar por alto toda recomendación hecha, o bien, hacer exactamente lo contrario a lo indicado por los meteorólogos. Lo anterior lo recordé cuando en todos los noticieros mencionaron que el Valle de México estaría soleado por la mañana y al atardecer habría algunas lluvias dispersas.
Por este motivo el viernes que precedió al día de muertos salí de casa para dirigirme al trabajo, eran las dos de la tarde. Un ligero viento me hizo pensar en la posibilidad de regresarme para hurgar en el clóset y descolgar una chamarra o una camisita de franela tipo grunge, con la cual abrigarme. Sin embargo, el sólo pensar en regresar un par de calles me generó algo que los mexicanos definimos perfectamente con la palabra huevonada y preferí seguir mi camino especulando que dicho soplo sólo era un remanente de los vientos del norte extraviados en nuestra conflictiva ciudad. Además, a lo lejos, en las montañas, se podía ver que el sol ganaba una batalla contra las nubes y poco a poco su resplandor se abría paso entre ellas.
Diez minutos después, abordé un camión con dirección al metro Cuatro Caminos, mismo que circula por el último tramo de la autopista México-Querétaro y posteriormente, enfila por el periférico hasta su destino. Y fue precisamente en este último tramo, es decir, donde las montañas se transforman en un montón de casas encimadas, donde horrorizado me percaté que una nube negra –lo que se dice, negra– avanzaba decidida hacia nosotros. Al presenciar semejante cuadro, en lo único que pude pensar fue: a) no traigo paraguas, b) el Apocalipsis viene por Ciudad Satélite, y c) la película El día después de mañana.
Justo en ese instante sonó mi teléfono. Al responder me alegré de escuchar a una vieja amiga de la universidad que me llamaba para invitarme a una fiesta de halloween pero de inmediato rechacé el convite por no cargar en el portafolio mi disfraz de maguito Rodi –chim-pum-pam tortillas papas–. En seguida recibí la llamada de Isabel, que desde hace seis meses me tiene mareado con su promesa de pasar a visitarme para pagarme el dinero que me debe desde hace un año; luego vino la llamada de una señorita con la intento trabar algunas relaciones de índole sexual; y así, hasta completar siete llamadas, un récord para mi teléfono celular.
El caso es que al terminar la última llamada se me ocurrió asomar la carota por la ventana sólo para llevarme el susto de mi vida pues a la altura de Mundo E, la ciudad se encontraba oscurecida como si fueran las siete de la noche. En la madre –pensé–, ¿a qué hora me subí a la máquina del tiempo? Sólo para no dejar lugar a dudas de semejante misterio corroboré la hora en mi reloj, en mi teléfono y en el primer noticiero que pude sintonizar. Un relámpago seguido de unas gotas gordas de agua se dejaron sentir con fuerza y el pensamiento sobre la película El día después de mañana se transformó en el de la película La guerra de los mundos, con Tom Cruise, en la que unas maquinotas enterradas en el precámbrico salen del suelo a la orden de una nubezota similar a la que estaba sobre nuestras cabezas.
Cuando los relámpagos se hicieron presentes y los truenos retumbaron cual tambora sinaloense, sólo pude remitirme a bajar a todos los santos del cielo, incluyendo a San Will Smith y San Bruce Willis (Liv Tyler, incluida) para que vinieran a salvarnos de los extraterrestres. “Los marcianos llegaron ya y no llegaron bailando ricachá”. El chofer detuvo la marcha del camión y con una voz que únicamente infundó pavor mencionó que lo mejor era esperar a que el agua aminorara para evitar un accidente.
- ¿Y si nos llega un trailer por atrás? –preguntó una viejita que venía sentada hasta adelante.
Contagiado de semejante optimismo me brinqué siete asientos al frente y aceleré mis plegarias esperando que el extraterrestre con el que me tocara luchar estuviera mal programado o fuera de plano un pendejo en el pugilismo. La lluvia arreció y durante setenta y dos minutos, quienes estuvimos estacionados en el periférico norte, por fin logramos entender esa frase que dice “la virgen lava pañales” de un conocido villancico.
Cuando el temporal amainó recibí una serie de llamadas que me avisaban la postergación o suspensión de las citas que tenía programadas para esa tarde. Maldije mi suerte y pensé que lo mejor hubiera sido quedarme en casa. Para rematar, Lorena, una musa de la cual les hablare en una mejor ocasión, me presionaba para llegar a la cita pactada considerando que ella ya se encontraba en el lugar acordado, mojada hasta las nalgas. Maldita sea. Tomé la decisión de bajarme del camión y correr como en su momento lo hiciera el indio Juan Diego pero apenas pude avanzar unos metros cuando me topé con un montón de gente que al verme llegar me miraron como se ve a un pobre pendejo: el periférico a la altura de Lomas Verdes, a un costado del hospital de traumatología, estaba convertido en una laguna que sólo podía atravesarse si uno llevaba en su portafolios una lancha inflable. Me resigné.
Decidido a mandar todo al carajo, tomé la sabia providencia de regresar a mi casita decidido a no volver a ver noticieros e inventar un buen pretexto para justificar mi no llegada al trabajo y planear una estrategia de convencimiento que deje satisfecha a Lorena luego de que la dejé tomando café en un Vips hasta las ocho de la noche.
Por este motivo el viernes que precedió al día de muertos salí de casa para dirigirme al trabajo, eran las dos de la tarde. Un ligero viento me hizo pensar en la posibilidad de regresarme para hurgar en el clóset y descolgar una chamarra o una camisita de franela tipo grunge, con la cual abrigarme. Sin embargo, el sólo pensar en regresar un par de calles me generó algo que los mexicanos definimos perfectamente con la palabra huevonada y preferí seguir mi camino especulando que dicho soplo sólo era un remanente de los vientos del norte extraviados en nuestra conflictiva ciudad. Además, a lo lejos, en las montañas, se podía ver que el sol ganaba una batalla contra las nubes y poco a poco su resplandor se abría paso entre ellas.
Diez minutos después, abordé un camión con dirección al metro Cuatro Caminos, mismo que circula por el último tramo de la autopista México-Querétaro y posteriormente, enfila por el periférico hasta su destino. Y fue precisamente en este último tramo, es decir, donde las montañas se transforman en un montón de casas encimadas, donde horrorizado me percaté que una nube negra –lo que se dice, negra– avanzaba decidida hacia nosotros. Al presenciar semejante cuadro, en lo único que pude pensar fue: a) no traigo paraguas, b) el Apocalipsis viene por Ciudad Satélite, y c) la película El día después de mañana.
Justo en ese instante sonó mi teléfono. Al responder me alegré de escuchar a una vieja amiga de la universidad que me llamaba para invitarme a una fiesta de halloween pero de inmediato rechacé el convite por no cargar en el portafolio mi disfraz de maguito Rodi –chim-pum-pam tortillas papas–. En seguida recibí la llamada de Isabel, que desde hace seis meses me tiene mareado con su promesa de pasar a visitarme para pagarme el dinero que me debe desde hace un año; luego vino la llamada de una señorita con la intento trabar algunas relaciones de índole sexual; y así, hasta completar siete llamadas, un récord para mi teléfono celular.
El caso es que al terminar la última llamada se me ocurrió asomar la carota por la ventana sólo para llevarme el susto de mi vida pues a la altura de Mundo E, la ciudad se encontraba oscurecida como si fueran las siete de la noche. En la madre –pensé–, ¿a qué hora me subí a la máquina del tiempo? Sólo para no dejar lugar a dudas de semejante misterio corroboré la hora en mi reloj, en mi teléfono y en el primer noticiero que pude sintonizar. Un relámpago seguido de unas gotas gordas de agua se dejaron sentir con fuerza y el pensamiento sobre la película El día después de mañana se transformó en el de la película La guerra de los mundos, con Tom Cruise, en la que unas maquinotas enterradas en el precámbrico salen del suelo a la orden de una nubezota similar a la que estaba sobre nuestras cabezas.
Cuando los relámpagos se hicieron presentes y los truenos retumbaron cual tambora sinaloense, sólo pude remitirme a bajar a todos los santos del cielo, incluyendo a San Will Smith y San Bruce Willis (Liv Tyler, incluida) para que vinieran a salvarnos de los extraterrestres. “Los marcianos llegaron ya y no llegaron bailando ricachá”. El chofer detuvo la marcha del camión y con una voz que únicamente infundó pavor mencionó que lo mejor era esperar a que el agua aminorara para evitar un accidente.
- ¿Y si nos llega un trailer por atrás? –preguntó una viejita que venía sentada hasta adelante.
Contagiado de semejante optimismo me brinqué siete asientos al frente y aceleré mis plegarias esperando que el extraterrestre con el que me tocara luchar estuviera mal programado o fuera de plano un pendejo en el pugilismo. La lluvia arreció y durante setenta y dos minutos, quienes estuvimos estacionados en el periférico norte, por fin logramos entender esa frase que dice “la virgen lava pañales” de un conocido villancico.
Cuando el temporal amainó recibí una serie de llamadas que me avisaban la postergación o suspensión de las citas que tenía programadas para esa tarde. Maldije mi suerte y pensé que lo mejor hubiera sido quedarme en casa. Para rematar, Lorena, una musa de la cual les hablare en una mejor ocasión, me presionaba para llegar a la cita pactada considerando que ella ya se encontraba en el lugar acordado, mojada hasta las nalgas. Maldita sea. Tomé la decisión de bajarme del camión y correr como en su momento lo hiciera el indio Juan Diego pero apenas pude avanzar unos metros cuando me topé con un montón de gente que al verme llegar me miraron como se ve a un pobre pendejo: el periférico a la altura de Lomas Verdes, a un costado del hospital de traumatología, estaba convertido en una laguna que sólo podía atravesarse si uno llevaba en su portafolios una lancha inflable. Me resigné.Decidido a mandar todo al carajo, tomé la sabia providencia de regresar a mi casita decidido a no volver a ver noticieros e inventar un buen pretexto para justificar mi no llegada al trabajo y planear una estrategia de convencimiento que deje satisfecha a Lorena luego de que la dejé tomando café en un Vips hasta las ocho de la noche.
Espero que este texto no sea leído por ella. Tantán.
(Ahí les dejo una foto para que le midan el agua a los camotes)
6 de noviembre de 2009.
El desmadre de mi vida (e-magazine, octubre de 2009)
En el principio de los tiempos internetos fue el e-mail, una novedosa forma de comunicarse con la gente que se encontraba lejos y de la cual, en muchas ocasiones, ni siquiera se podía comprobar su existencia pero con la que una persona podía matar dos pájaros de un solo tiro: adentrarse en el abismo tecnológico y enviar cartitas instantáneas sin necesidad de comprar estampillas o esperar al cartero.
Con el e-mail llegó el Messenger, una reformulación del diálogo humano que sirvió para acotar las distancias, para reinventar la escritura y para acercar a los seres humanos de distintas latitudes apenas con unos cuantos clics. El Messenger y la web cam completaron el binomio y muchos de los que vivimos en épocas anteriores nos lamentamos no haber gozado de semejantes inventos apenas un lustro antes cuando las hormonas se encontraban a tope y las locuras adolescentes obligaban tener contacto humano.
Con mi escritura también llegó la novedad del blog, una forma chingona de publicar pendejadas para que cualquier persona dispuesta pudiera leerlas si se le pegaba la gana. Gracias al blog nacieron muchos buenos escritores mientras que otros se descubrieron como un verdadero fiasco; los nóveles literatos entendieron que escribir tenía sus dificultades y otros, sin mayores ambiciones, siguieron (y siguen) aferrados a sus convicciones de publicar textos efímeros.
No había terminado de entender el lenguaje HTLM que me ayudaba a tener mi blog a tope cuando en mi vida apareció Myspace. Supe de el gracias a mis viejos alumnos lancasterianos quienes eran unos verdaderos fanáticos a tener sus propias páginas. Gracias a esos chicos pude ingresar al mórbido y adictivo territorio de la intimidad ajena; leer sus perfiles (en los que se proyectaban sus ambiciones y frustraciones) y pasar horas viendo fotografías, era apenas un mínimo aliciente que me empujaba a tener mi propio espacio, ¿por qué no? Y cuando lo tuve comencé a olvidarme del blog. Sólo de vez en cuando se me ocurría abrirlo y postear -insisto- cualquier pendejada que me ayudara a continuar con la adicción de ser parte del mundo virtual.
Apenas comenzaba a descubrir las bondades de myspace cuando de un sólo golpe llegaron Hi5, Sónico y Facebook. Me decidí por el primero y me di cuenta que no había gran diferencia entre el y myspace, sin embargo, la moda dictaba que había que tener Hi5 pues era en esa comunidad donde la gran mayoría de mis amigos se encontraban aglutinados.
Myspace fue quedando de lado hasta que reaccioné: ¿por qué diablos tenía que andar por donde dictaba la moda? Cancelé el blog, me despedí de Hi5 y decidí instalarme en myspace, sitio que por múltiples razones me legaba mayores satisfacciones y placeres. Pero, por un error de decisión hace unos días me vi obligado a abrir un sitio en Facebook pues en esa red se había fundado una comunidad que aglutinaba a mis nóveles amigos escritores y los ponía en el mismo estribo de la escalinata por la que ascienden escritores ya consagrados.
Y cuando tomé la decisión de otorgarle el mismo tiempo a myspace y facebook, repentinamente todo mundo volcó sus ojos a Twitter. ¡Maldita sea mi suerte! Me encuentro en una maraña de confusión pues mi vida virtual se está convirtiendo un desmadre.
Ahora, para acabarla de chingar, la gente lee más fanzzines virtuales que revistas de papel. No cabe duda que esto de la tecnología está cabrón y ni cómo hacerse a un lado, así que si alguno de ustedes quiere comunicarse conmigo, les pido que regresen a lo tradicional, un e-mail, por favor: brasierdenadia@gmail.com
Con el e-mail llegó el Messenger, una reformulación del diálogo humano que sirvió para acotar las distancias, para reinventar la escritura y para acercar a los seres humanos de distintas latitudes apenas con unos cuantos clics. El Messenger y la web cam completaron el binomio y muchos de los que vivimos en épocas anteriores nos lamentamos no haber gozado de semejantes inventos apenas un lustro antes cuando las hormonas se encontraban a tope y las locuras adolescentes obligaban tener contacto humano.
Con mi escritura también llegó la novedad del blog, una forma chingona de publicar pendejadas para que cualquier persona dispuesta pudiera leerlas si se le pegaba la gana. Gracias al blog nacieron muchos buenos escritores mientras que otros se descubrieron como un verdadero fiasco; los nóveles literatos entendieron que escribir tenía sus dificultades y otros, sin mayores ambiciones, siguieron (y siguen) aferrados a sus convicciones de publicar textos efímeros.
No había terminado de entender el lenguaje HTLM que me ayudaba a tener mi blog a tope cuando en mi vida apareció Myspace. Supe de el gracias a mis viejos alumnos lancasterianos quienes eran unos verdaderos fanáticos a tener sus propias páginas. Gracias a esos chicos pude ingresar al mórbido y adictivo territorio de la intimidad ajena; leer sus perfiles (en los que se proyectaban sus ambiciones y frustraciones) y pasar horas viendo fotografías, era apenas un mínimo aliciente que me empujaba a tener mi propio espacio, ¿por qué no? Y cuando lo tuve comencé a olvidarme del blog. Sólo de vez en cuando se me ocurría abrirlo y postear -insisto- cualquier pendejada que me ayudara a continuar con la adicción de ser parte del mundo virtual.
Apenas comenzaba a descubrir las bondades de myspace cuando de un sólo golpe llegaron Hi5, Sónico y Facebook. Me decidí por el primero y me di cuenta que no había gran diferencia entre el y myspace, sin embargo, la moda dictaba que había que tener Hi5 pues era en esa comunidad donde la gran mayoría de mis amigos se encontraban aglutinados.
Myspace fue quedando de lado hasta que reaccioné: ¿por qué diablos tenía que andar por donde dictaba la moda? Cancelé el blog, me despedí de Hi5 y decidí instalarme en myspace, sitio que por múltiples razones me legaba mayores satisfacciones y placeres. Pero, por un error de decisión hace unos días me vi obligado a abrir un sitio en Facebook pues en esa red se había fundado una comunidad que aglutinaba a mis nóveles amigos escritores y los ponía en el mismo estribo de la escalinata por la que ascienden escritores ya consagrados.
Y cuando tomé la decisión de otorgarle el mismo tiempo a myspace y facebook, repentinamente todo mundo volcó sus ojos a Twitter. ¡Maldita sea mi suerte! Me encuentro en una maraña de confusión pues mi vida virtual se está convirtiendo un desmadre.
Ahora, para acabarla de chingar, la gente lee más fanzzines virtuales que revistas de papel. No cabe duda que esto de la tecnología está cabrón y ni cómo hacerse a un lado, así que si alguno de ustedes quiere comunicarse conmigo, les pido que regresen a lo tradicional, un e-mail, por favor: brasierdenadia@gmail.com
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