Pocas costumbres me resultan tan anómalas como interrumpir una fiesta de cumpleaños para orillar al festejado a abrir los obsequios de los que se hizo en la reunión. Sin embargo, me parece pertinente acotar que semejante acción jamás había sido vista por un servidor o por alguno de los miembros de mi familia hasta que nos dio por asistir a las fiestas del “primo de un amigo” que es policía. Debo decir que el espectáculo presenciado resultó en sí mismo lamentable sobre todo si el invitado criticón, que dicho sea de paso, andaba buscando un tema para escribir un nuevo texto y compartirlo con una turba de lectores ansiosos, llegó a la fiesta sin regalo.
El caso es que apenas habíamos terminado de degustar el pozole estilo guerrero preparado por la esposa del anfitrión cuando la hermana del festejado se paró a la mitad de la sala para gritar como una posesa que era hora de que el agasajado abriera sus regalos. A su vez, el aludido, cayendo en otro ritual que me parece todavía más ridículo que el anterior, se hizo del rogar un par de minutos hasta que todos los invitados al unísono lo alentamos a caminar hasta una improvisada mesita donde reposaban menos de diez regalos, lo cual no pude pasar por alto al considerar que en la casa había cuando menos 35 personas.
El segundo detalle a pensar es: qué se le puede regalar a un sujeto que es policía y en cuya sala tiene un altar dedicado a las chivas rayadas del Guadalajara, lo cual es ejemplo claro de su mal gusto (me refiero a poner un altar ofrecido a un equipo de fútbol, en la parte de la casa donde se recibe a los invitados).
El tercer detalle vino al abrir el primer regalo: un llavero. Este me parece el regalo más pendejo que se le pueda hacer a una persona pues considero que quien obsequia un llavero, demuestra su carente imaginación y sobre todo su repugnancia a regalar algo atractivo para el que recibe el obsequio. Luego del llavero vinieron unos zapatos de charol -¿quién regala zapatos de charol hoy día?–, un par de calcetines, una playera, dos calzones, una loción, un disco pirata de un cantante grupero y una caja de galletas Surtido Rico.
Tras el lamentable ritual, todos tuvimos que chutarnos un forzado aplauso que motivó al festejado a emitir unas palabras de agradecimiento que a su vez, a mí me hicieron sacar las siguientes conclusiones: a) los invitados vieron muy fregadito al cumpleañero y de ahí el motivo de los regalos; b) el que lleva el mejor obsequio es el que impulsa semejante ritual pues quiere lucirse con quienes regalaron las cosas menos costosas; c) los pelagatos que no llevan ni un fuerte apretón de manos, son los que aplauden más fuerte pues con ello demuestran que es mejor dar afecto que comprarlo; d) los que huyen del espectáculo son los que regalan cosas piratas y con ello evitan ser evidenciados; e) el ridículo más lamentable lo hace quien abre los regalos pues deja al descubierto que su familia está formada por una montaña de tacaños; y, f) ¿qué turbia intención perseguiría el inventor de semejante costumbre para decidirse a detener la comilona y el bailongo a mitad de una fiesta para que el agasajado abriera sus regalos?
Todo lo anterior es terrible pero eso se sacan las familias nacas por andar adoptando cosas del estilo de vida americano que ven en los programas que pasan en la televisión por cable.
lunes, 30 de noviembre de 2009
domingo, 29 de noviembre de 2009
Su pornográfica majestad (Palabras Malditas, febrero de 2007)
Estoy saliendo con una chava a la que le encantan las películas pornográficas y todavía no se si considerarme afortunado por eso. Cualquier otro estaría maravillado de pasar las tardes con una mujer como esa, se atrevió a decirme la Duny dibujando en su carilla esa sonrisa pícara, señal de que se está poniendo cachonda. Respeto su opinión y la de aquellos que comparten su idea pero temo decirles que en mi relación, no todo es miel sobre hojuelas. Tengo que mantenerme con los ojos bien abiertos, a la expectativa. Encerrarse con una adicta al porno de lunes a sábado, requiere algo más que imaginación y ganas de fornicar al menor estímulo.
Hace dos semanas por ejemplo, Su Pornográfica Majestad confesó que las películas que consumimos (así lo dijo, consumimos) las toma prestadas del librero de su hermano (con quien también comparte la renta). Dichas películas son parte de una cadena de prestamos que ha alcanzado a todos los vecinos del edificio en el que viven e incluso, a algunos distinguidos locatarios del mercado. En tono de broma me atreví a preguntar si no le asqueaba agarrar los estuches de las películas sin guantes y como única respuesta me encontré con la más brillante idea que a Su Pornocha Princess se le pudo ocurrir: a partir de mañana tú comprarás las películas. Y de la misma forma que una madre envía a su hijo al supermercado por algunas compras de emergencia, Pornita, sacó una libretita en la que redactó una lista de sugerencias que incluía actores, actrices, clasificaciones y hasta algún título anteriormente visto.
Todavía recuerdo el entusiasmo con el que me habló de los fellatios de Jenna Jameson, las enculadas a Sky Lopez, las tetas de Nikky Nova, el culo de Silvia Saint, y claro, las vergas de Nacho Vidal y otros sujetos de los que no puedo recordar el nombre. Pero me sorprendió su mayor encomienda: si puedes conseguir algo de Aria Giovanni, te lo voy a agradecer, esa vieja me encanta. Me enloqueció la idea que quisiera hacerlo con otra mujer. ¿A quién no?
Aquellas confesiones también me hicieron pensar que de ser hombre, mi Pornita Girlfriend tendría que ser en todo caso, mi mejor amigo. Escuchar aquello de su voz, era algo muy similar a presenciar las disertaciones de cantina sobre el calentamiento global, la baja en los precios del petróleo y el incremento en el precio de las tortillas. Sin embargo, no estaba con mi mejor amigo, ni estaba a la mitad de la cantina: ¡estaba con la mujer modosa, hija de familia y maestra de jardín de niños que cada domingo me obliga a asistir a misa, sentado al lado de sus padres!
El universo tiene sus leyes y ahora, me siento una reacción de haber atendido a sus órdenes fielmente. Gracias a las compras que comencé a hacer para mi novia, algunos de los más distinguidos vendedores del mercado ya me hacen bromas sobre las callosidades de mis manos (sin mencionar que muchos han dejado de saludarme de mano). Por si fuera poco, aquel departamento 206, del residencial Los Tulipanes, se ha convertido en una especie de isla de la fantasía donde cada tarde hay que representar cuando menos tres ocurrencias de Su Pornográfica Majestad. ¿Quién dice que es fácil vestirse de electricista o plomero y coger con singular alegría, con un cinturón cargado de herramientas clavándose por todo tu cuerpo? Los disfraces son lo de menos, el problema son las extrañas posiciones que se le ocurren y una que otra escena en el balcón, las escaleras, el elevador o los tinacos del edificio.
A la Duny todo aquello le pareció divertido, por eso ni se sorprendió cuando le confesé que Porno Queen, me dio a conocer su nueva idea: conseguir a otra chava que quisiera interactuar con nosotros. La Duny tiene un defecto: las expresiones de su cara. Observar su rostro en una charla equivale a descifrar lo que está pensando, tal vez esa fue la razón que me motivó a proponerle sin empacho que se anotara esa puntada en su trayectoria de vida. De ser afirmativa, su respuesta sería mi venganza. Conozco a Mi Pornográfica Majestad.
Y la Duny aceptó.
Llevo casi dos horas encerrado en el baño mientras ellas siguen tiradas en el piso de la cocina haciendo quién-sabe-qué-marranadas. Me siento muy turbado por todo lo que ha ocurrido, tan turbado, que apenas escucho sus gemidos.
Hace cinco minutos decidí terminar unilateralmente a Mi ExPornográfica Majestad. Tal vez no elegí el mejor momento para acabar con esta relación pero la culpa la tuvo la Duny. Sabía que no se iba a quedar con los brazos cruzados y que prepararía alguna venganza. ¿Quién iba a pensar que llegaría con un montón de amigos gays y películas de ese género?
He dicho que conozco las expresiones de su cara, por eso pude leer lo que la Duny estaba pensando apenas cruzó por la puerta. No entiendo por qué tenía que preguntarle a la Porn Princess si nunca se le había antojado ver la escena del trenecito, ya sabes, hombres con hombres, remató.
Ahora no encuentro la forma de salir de aquí, no quepo por la ventanita y la puerta sigue custodiada por cuatro o cinco amanerados velludos. Pinche amiga... apenas salga de esta, me las pagara. Existen formas para acabar con los problemas y el suicidio es una opción. Reconozco que no estaba preparado para esto pero, en todo caso, prefiero morir como un mártir, asfixiado por el hedor mis gases antes que dar un paso a las nuevas experiencias.
Hace dos semanas por ejemplo, Su Pornográfica Majestad confesó que las películas que consumimos (así lo dijo, consumimos) las toma prestadas del librero de su hermano (con quien también comparte la renta). Dichas películas son parte de una cadena de prestamos que ha alcanzado a todos los vecinos del edificio en el que viven e incluso, a algunos distinguidos locatarios del mercado. En tono de broma me atreví a preguntar si no le asqueaba agarrar los estuches de las películas sin guantes y como única respuesta me encontré con la más brillante idea que a Su Pornocha Princess se le pudo ocurrir: a partir de mañana tú comprarás las películas. Y de la misma forma que una madre envía a su hijo al supermercado por algunas compras de emergencia, Pornita, sacó una libretita en la que redactó una lista de sugerencias que incluía actores, actrices, clasificaciones y hasta algún título anteriormente visto.
Todavía recuerdo el entusiasmo con el que me habló de los fellatios de Jenna Jameson, las enculadas a Sky Lopez, las tetas de Nikky Nova, el culo de Silvia Saint, y claro, las vergas de Nacho Vidal y otros sujetos de los que no puedo recordar el nombre. Pero me sorprendió su mayor encomienda: si puedes conseguir algo de Aria Giovanni, te lo voy a agradecer, esa vieja me encanta. Me enloqueció la idea que quisiera hacerlo con otra mujer. ¿A quién no?
Aquellas confesiones también me hicieron pensar que de ser hombre, mi Pornita Girlfriend tendría que ser en todo caso, mi mejor amigo. Escuchar aquello de su voz, era algo muy similar a presenciar las disertaciones de cantina sobre el calentamiento global, la baja en los precios del petróleo y el incremento en el precio de las tortillas. Sin embargo, no estaba con mi mejor amigo, ni estaba a la mitad de la cantina: ¡estaba con la mujer modosa, hija de familia y maestra de jardín de niños que cada domingo me obliga a asistir a misa, sentado al lado de sus padres!
El universo tiene sus leyes y ahora, me siento una reacción de haber atendido a sus órdenes fielmente. Gracias a las compras que comencé a hacer para mi novia, algunos de los más distinguidos vendedores del mercado ya me hacen bromas sobre las callosidades de mis manos (sin mencionar que muchos han dejado de saludarme de mano). Por si fuera poco, aquel departamento 206, del residencial Los Tulipanes, se ha convertido en una especie de isla de la fantasía donde cada tarde hay que representar cuando menos tres ocurrencias de Su Pornográfica Majestad. ¿Quién dice que es fácil vestirse de electricista o plomero y coger con singular alegría, con un cinturón cargado de herramientas clavándose por todo tu cuerpo? Los disfraces son lo de menos, el problema son las extrañas posiciones que se le ocurren y una que otra escena en el balcón, las escaleras, el elevador o los tinacos del edificio.
A la Duny todo aquello le pareció divertido, por eso ni se sorprendió cuando le confesé que Porno Queen, me dio a conocer su nueva idea: conseguir a otra chava que quisiera interactuar con nosotros. La Duny tiene un defecto: las expresiones de su cara. Observar su rostro en una charla equivale a descifrar lo que está pensando, tal vez esa fue la razón que me motivó a proponerle sin empacho que se anotara esa puntada en su trayectoria de vida. De ser afirmativa, su respuesta sería mi venganza. Conozco a Mi Pornográfica Majestad.
Y la Duny aceptó.
Llevo casi dos horas encerrado en el baño mientras ellas siguen tiradas en el piso de la cocina haciendo quién-sabe-qué-marranadas. Me siento muy turbado por todo lo que ha ocurrido, tan turbado, que apenas escucho sus gemidos.
Hace cinco minutos decidí terminar unilateralmente a Mi ExPornográfica Majestad. Tal vez no elegí el mejor momento para acabar con esta relación pero la culpa la tuvo la Duny. Sabía que no se iba a quedar con los brazos cruzados y que prepararía alguna venganza. ¿Quién iba a pensar que llegaría con un montón de amigos gays y películas de ese género?
He dicho que conozco las expresiones de su cara, por eso pude leer lo que la Duny estaba pensando apenas cruzó por la puerta. No entiendo por qué tenía que preguntarle a la Porn Princess si nunca se le había antojado ver la escena del trenecito, ya sabes, hombres con hombres, remató.
Ahora no encuentro la forma de salir de aquí, no quepo por la ventanita y la puerta sigue custodiada por cuatro o cinco amanerados velludos. Pinche amiga... apenas salga de esta, me las pagara. Existen formas para acabar con los problemas y el suicidio es una opción. Reconozco que no estaba preparado para esto pero, en todo caso, prefiero morir como un mártir, asfixiado por el hedor mis gases antes que dar un paso a las nuevas experiencias.
martes, 24 de noviembre de 2009
Aforismo a mis detractores.
Hay estúpidos que pregonamos amor por dedicar una palabra linda a una chica de la misma condiciòn; sin embargo,otros, doblemente estúpidos, censuran esta expresiòn porque no tienen los huevos para decirlo, ni la inteligencia para inventarse algo mejor.
lunes, 23 de noviembre de 2009
Se busca al (nuevo) amor de mi vida.
Si de errores vive el hombre,
entiendo porque sigo en la tierra.
entiendo porque sigo en la tierra.
Soy un pendejo, afirmación que deseo quede asentada con letras mayúsculas en este texto para resaltar mi sentido de autocrítica. El caso es que miércoles anterior me dispuse llegar a Ciudad Universitaria en un horario en que sólo pueden hacerlo los estudiantes de la UNAM y los desempleados. Tras soportar el martirio que representa viajar en una combi con otras 19 personas (cuando el cupo real es para 15 humanos siempre y cuando no sean timbones como un servidor), ingresar al metro Cuatro Caminos tacleando viejecitas que transportan más bultos que un cargador de La Merced; trasbordar en metro Hidalgo con el GPS cerebral averiado; cederle mi lugar a un mocoso llorón que no dejó de hacerme preguntas pendejas hasta el metro Universidad; equivocarme de ruta, subirme a un Pumita* que me llevó a la casa de la chingada y preguntar cómo recomponer el camino poniendo cara de idiota; y lo peor, no encontrar un puesto de comida digno de mi nueva dieta, arribé al auditorio indicado por Gerardo Meneses –mi anfitrión, para la presentación de su libro La Aborrecida Escuela– con una puntualidad que los mismos ingleses envidiarían.
Durante los siguientes cincuenta minutos sufrí más que el autor del libro pues la última versión de mi “texto presentador”, revisado y corregido a la 1:45 pasado meridiano, de ese mismo día, no se encontraba a la altura que el Dr. Meneses merecía. Estaba a punto de sentarme a revisarlo para darle un retoque final cuando hizo su arribo Alias el Hacs, un sujeto al que tenía mucho interés por escuchar ya que el Dr. Meneses, tiempo atrás, había compartido algún video de ese sujeto y en honor a la verdad, me había prendido.
Tras las salutaciones de rigor, una generosa ensalada de verduras llegó a mis manos y con ella un par de estudiantes de la facultad que, atragantándose de papitas con salsa “valiente”, tuvieron la amabilidad de sentarse a escasos dos metros de mi languidecida flora intestinal. Minutos después, arribaron Israel Miranda, Moon(ica) Gameros y Lisa Björk. Faltaban escasos minutos para que diera inicio la presentación cuando por arte de magia sucedió lo impensable: mi teléfono fue poseído por los espíritus de gente que nunca tiene la amabilidad de llamarme, salvo cuando me dispongo a presentar un libro. Abandoné la sala con el fin de dar rienda suelta a mis neurosis y ahí me encontré con ella: el nuevo amor de mi vida.
Reitero que soy un pendejo bien hecho y por eso, al encontrarme de frente con aquella chica de cabellos trenzados tuve que hacer de tripas corazón y fingir que el mundo seguía con su ruta normal lo cual, en mi caso, era totalmente falso porque a partir de encontrarme con su preciosa estampa todo mi sistema planetario giró en una dirección diferente. Ni siquiera pude percatarme en qué momento mi interlocutora me había mandado al carajo y mucho menos, que el teléfono seguía vibrando a la espera de que respondiera una nueva llamada. Durante los ciento siete minutos que duró mi nueva conversación pude percatarme de la hermosura de aquella chica cuyo silencio daba la impresión de una arrogancia sólo digna de ella. Regresé a la sala. En la mesa ya se encontraban Homero A. Martínez y Melchor López. Verónica Mata, cámara de video en mano, estaba lista para grabar e Israel Miranda repartía botellitas con agua. Segundos después, maldije que Israel se hubiera puesto guapo con el líquido vital, al percatarme que el nuevo amor de mi vida se acercaba al estrado para hacer una nueva repartición de la cual fui fatídicamente excluido por el simple hecho de tener una botella frente a mis narices, por lo que tuve que fumarme el dolor de que la chica pasara de largo sin siquiera voltear a verme.
La presentación comenzó.
Súbitamente, Meneses me hizo saber que por democrático dedazo me tocaba abrir los comentarios, responsabilidad que me hizo experimentar estertores abdominales y por consiguiente, la sensación de que el mundo había regresado a su tránsito normal.
Por un acto reflejo de mi tradicional pendejés y sintiéndome muy verga –como si presentar poemarios fuera un trabajo que hago todos los días–, comencé a barajar las hojas de mi texto lo que tuvo como consecuencia que a la hora de la verdad, tuviera que improvisar con un monólogo de lamentable formato. Pero lo peor es que en mi improvisación se me ocurrió fijar la mirada en alguien que me inspirara, y claro, me decidí por el nuevo motor de mi vida, lo que ocasionó que se me olvidará la frase con la que daría inicio mi disertación. Afortunadamente pude enderezar el camino (ya lo había hecho un par de horas atrás cuando me equivoqué de Pumita) y todo transcurrió de forma aceptable, incluso, arrancándole algunas sonrisas a los presentes. Después de eso y, mientras el resto de la mesa charlaba y Alias el Hacs ponía el evento a tono con sus rolotototas, para mí sólo estuvo ella, la chica de la blusa ceñida, jeans ajustados y el caballo tejido en dos inquietantes trencitas que me retornaron a la escuela secundaria, de la que nunca debí salir.
Como una burla a mi fanatismo instantáneo, en un abrir y cerrar de ojos ella desapareció de mi vista. Lamenté no haberme acercado para preguntarle su nombre y reafirmé lo que ya he dicho en tres ocasiones anteriores: soy un pendejo. Si me hubiera atrevido, estoy seguro que este texto nunca se hubiera escrito y en cambio, un cuento o una novela hubieran podido comenzar a trazar.
Se busca al nuevo amor de mi vida.
Nombre: Se desconoce.
Señas particulares: aires de inteligencia natural; silenciosa y arrogante, condición que la dignifica al estatus de semidiosa; cuerpo labrado a mano por un Dios en el que no creía hasta antes de verla.
Se le vio por única vez en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Si usted conoce su paradero y otros datos que puedan serme de utilidad, sírvase dejarme un mensajito.
* Pumita: nombre coloquial que se le otorga al Pumabús que es el transporte interno de Ciudad universitaria.
**No soy tan pendejo pues tuve la astucia de tomarle una foto que tatuará su imagen hasta el día en que pueda verla de nuevo
**No soy tan pendejo pues tuve la astucia de tomarle una foto que tatuará su imagen hasta el día en que pueda verla de nuevo
jueves, 19 de noviembre de 2009
La aborrecida escuela. Texto no leído en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. (Noviembre 18, 2009)
Existe una institución formativa cuyo slogan asevera tajantemente: “porque yo si quiero ser alguien en la vida.”
Esta afirmación parece ser pertinente en esta ocasión ya que automáticamente puedo hacer un ejercicio de contrición y preguntarme: ¿para ser alguien en la vida es forzoso pasar por la escuela? Les pregunto a ustedes: ¿qué será mejor, estar aquí encerrados entre estas cuatro paredes o tirarse en las islas a disertar con los camaradas sobre el sentido de la vida? ¿Su futuro estará asegurado cuando salgan de la licenciatura y engrosen las filas del desempleo o en el mejor de los casos, del subempleo?
Al presentarme en este espacio no tengo la intención de evangelizar con conceptos pedagógicos sino compartir con ustedes los pensamientos que me fueron manando mientras leía por vez primera La aborrecida escuela. Dejo mis primeras preguntas en el aire y pienso en la forma en que la escuela nos jode la existencia, lo cual, me lleva a recodar un comentario que le escuché a un conocido escritor, impulsor de la literatura basura: “mis padres debieron odiarme mucho; tanto, que hasta me enviaron a la escuela”. En ocasiones, me da la impresión que esta aseveración es cierta porque todos sin excepción somos aventados a la escuela sin opinión mediante. Es como lanzarse a un barranco y con ello descubrir que: 1) no somos capaces de volar porque no somos pájaros, 2) descubrir que los madrazos duelen, y 3) que hay que ser pendejos para tirarse de un barranco sabiendo que no somos aves y por lo tanto, no podemos volar. Lo anterior, al ser trasladado a la escuela nos deja sin opciones porque somos lanzados al barranco escolar para darnos dolorosos madrazos y al final, pensar que de haber tenido capacidad de decisión en la infancia, muchos hubiéramos optado innegablemente por la vagancia aunque luego nos hubiéramos lamentado por no haber aprovechado la oportunidad de ser alguien en la vida.
El caso es que ingresamos a la escuela con o sin llanto y una vez adentro, nos encontramos con una serie de eventos que tenemos que aprender a brincar pues dicen que lo que ahí se vive es una especie de adiestramiento que nos enseña a escala lo que vamos a sufrir en la vida real.
No dudo que en esta sala, existan quienes defiendan la existencia de la escuela fundamentados en teorías bien sesudas que me abstendré de retomar porque reconozco mi total incapacidad para retomar teorías y discutir con ellas. En cambio, también sé que también hay quienes comparten una visión idealista de la institución educativa y que claman por su transformación radical o su destrucción, pero en cualquiera de los dos casos, la escuela ha trastocado nuestras vidas y en algún momento hemos rechazado su mecanismo de funcionamiento.
Supongo que en el momento en que Gerardo decidió concebir este poemario transitaba por un momento de catarsis en el que la única opción para salir fue darle patadas a la cuna que lo había arrullado y para ello se necesita muchísimo valor porque la mayoría de los educadores somos formados en una especia de ejército en la que se nos instruye a respetar principios aunque no creamos en ellos. Así, es la educación en general. Pero este ejercicio de patear lo más sagrado de nuestra sociedad es un deporte que todos tendríamos la obligación de practicar con frecuencia pues es a partir de ello donde redescubrimos el verdadero valor de las cosas. Y eso es lo que precisamente queda plasmado en La aborrecida escuela, el valor de la institución que irremediablemente nos trastoca entremos o no en ella.
Escrita en base a calificativos dolorosos –principalmente para quienes somos educadores– pero nunca ofensivos (aunque muchos opinen lo contrario), este poemario se equilibra con frases que van de lo doloroso a lo divertido y de lo sentimental a las magníficas evocaciones que nos hacen disfrutar el dolor de haber sido parte de la escuela. Por ejemplo:
Ella es tan drástica
Como insalvable
Institución vacua
Deslavada infraestructura
Aparato del orden superestructural
(cuidado que se puede derrumbar el techo si se repiten estas palabras)
Vulnerable y ruin
Irracionalidad disciplinada
(que invariablemente me hace pensar en las bolitas que alguna de mis maestras me ponía y en los palitos que aprendí a hacer después)
Segregas sin decir que lo haces
Sútil
Violenta
Cabrona
Venenosa
(¿cuántos alumnos son rechazados año con año de esta y otras escuelas?)
Muro torturador de niños
(que en el peor de los casos acaban siendo maestras)
te dices pública cuando ya no lo eres
vendiste tu secreta lozanía
y el postor no fue el mejor
(sin palabras)
Como ya lo mencionaba anteriormente, las claves de La aborrecida escuela no son todas pesimistas; también existen retratos evocadores de nuestros momentos más agradables:
Corazones en muros, pizarrón y libretas
Mochilas porterías, sexo en el cerebro, álgebra existencial
Golpes, besos, fálicos palíndromas, grafitos en el baño
(viví la secundaria, me queda claro)
El poema que da título al poemario es contundente:
Aborrecida escuela
Abandonaste la oportunidad
Del pliegue y el despliegue
Que cultivan al ser
Te volviste PNL (puro neo-liberalismo)
Sensibilidad adormilada
Emancipación perezosa
Casa del entrenamiento…
Decir estas palabras en este lugar es un placer inmenso pues me siento como un ente cancerígeno que puede carcomer las entrañas de la escuela sin que ella pueda hacerme algo… pero no lo necesita, porque ya lo hizo desde mucho tiempo atrás.
La aborrecida escuela es un texto pequeño cuyo peso real tiene que ser valuado por el gramaje de cada palabra, de cada frase, de cada alusión. Se trata de un texto obligatorio para todos los educadores en formación y para los estudiantes en formación, y en general, para todos aquellos que se digan dignos de ser idealistas, pesimistas u optimistas.
No me queda más que agradecer a Gerardo Meneses el haberme hecho partícipe de este texto pues en su lectura viene un nuevo rumbo para mi vida como educador, como roquero y como persona. Larga vida a la educación y la escritura de su autor.
El acosado (Tiempo de sueños, julio de 2002)
Mireya y Marisol se encuentran todos los días a las 8:30 a.m. en la estación del metro Cuatro Caminos, debajo del reloj, para no complicar el encuentro. Las dos chicas se conocen desde la infancia cuando eran vecinas en la colonia Las Américas. Han compartido casi todo: “Hasta los novios” recuerda con picardía Mireya, mientras espera el arribo de su amiga. Conocen de sí el mínimo detalle y en ocasiones, basta sólo una mirada para saber lo que la otra está pensando.
Mireya es una pelirroja de piel blanca, de un metro con setenta y dos centímetros de estatura, poseedora de unas bien torneadas piernas y unas caderas de ensueño. Ella es el complemento perfecto de Marisol, una morena de un metro con setenta centímetros de estatura cuyos pechos son su principal atractivo.
Las dos amigas, sabiéndose poseedoras de un encanto especial, nunca han titubeado en utilizar su belleza para provocar a algunos incautos del sexo opuesto. El lugar preferido para hacerlo son los calientes vagones del metro. La metodología a seguir para su diversión consiste, en primer lugar, en elegir un hombre –nunca con alguna característica en especial- y posteriormente arribarlo durante la batalla por encontrar un siento vacío. Ellas, por supuesto, nunca buscan el preciado lugar. Una vez dentro del vagón, Mireya –quien comúnmente usa minifalda- se coloca adelante del elegido lo bastante pegadita para que el macho pueda sentir lo que es una mujer. Una vez que ha conseguido el arrimón, Marisol se postra detrás de la víctima y coquetamente comienza a restregarle los pechos contra la espalda. Este agasajo dura invariablemente hasta la estación Bellas Artes –la estación donde bajan ellas– y si no imaginan por qué, basta con ponerse en el lugar del sujeto.
El juego de cachondear pasajeros lleva cerca de un año y desde entonces, sólo en un par de ocasiones, los elegidos han desistido antes de que ellas lleguen a su destino.
- Es probable que hayan sido mochos, de esos que tienen sentimientos de culpa si se atreven a ver a otra mujer –diserta Mireya con cierta suspicacia.
- … o gays –atina a corregir de inmediato su amiga con la docta sapiencia que la caracteriza.
El resto de las ocasiones han tenido la suerte de encontrar de todo, desde el joven o el viejito que las sigue hasta la entrada de la tienda de ropa para caballeros en la que trabajaban hasta el burócrata que cree haberse levantado esa mañana como un ser irresistible ante las féminas. No ha faltado el que perdiendo la noción del juego les ha propuesto que terminen el jueguito en un hotel, depreciando sus invaluables encantos a un “quinientón”. Pero esa parte es la que vuelve interesante el juego pues a las dos amigas les encanta compartir las reacciones de los caballeros que provocan y pasar toda la mañana discutiendo sobre ello, aunque, por otro lado, existe otra parte –menos común– que también es gratificante y que consiste en recibir inesperados regalos de quienes han quedado prendidos de su coquetería: ramos de flores, chocolates, enormes muñecos de peluche y perfumes, siguen apareciendo ocasionalmente en la boutique, lo que ya no provoca sorpresa a sus compañeros de trabajo.
Sin embargo, de un par de días a la fecha, el juego no ha resultado como ellas lo planean pues extrañamente los hombres que suelen arribar les huyen de inmediato, o simplemente, de manera respetuosa, se hacen a un lado:
- ¿Estaremos perdiendo nuestro encanto? –se atreve a preguntar Mireya con una lasciva inocencia que la mueve a estrujarle los pechos a Marisol.
Sin esperar la respuesta, ambas corren a uno de los probadores de la tienda y comienzan a despojarse de la ropa hasta quedar completamente desnudas. Impacientes, se auscultan mutuamente mientras intentan encontrarle algún defecto a las cualidades que por años las han hecho sentirse deseadas. Luego de unos minutos de especulaciones comienzan a vestirse. Desconsoladas, salen del aparador sin tomar en cuenta que desde hace tres noches el gobierno del Distrito Federal había ordenado la sanción inmediata de todos los acosadores que operan dentro de las instalaciones del metro.
Al conocer casualmente esta noticia gracias a la charla de dos clientes las amigas tienen un sentimiento de alivio aunque también quedan con cierta insatisfacción pues la nueva disposición de gobierno rompe con su lúdico cometido. Tras unos minutos de silencio Mireya se muestra optimista:
- ¡Piénsalo, manita! No puede haber acoso si nosotras no denunciamos.
La exactitud en el razonamiento de su amiga mueve a Marisol a saltar de su silla para premiarla con un abrazo.
Son las 8:30 de la mañana. Mireya espera a su amiga, como siempre, debajo del reloj. Hoy luce radiante pues lleva puesto ese conjunto entallado de dos piezas, color blanco, que sólo usa en ocasiones muy especiales. Sobre la tela ajustada de la falda se aprecian los coquetos trazos de una provocadora tanga. Al percatarse del efecto que genera entre la multitud, sonríe satisfecha. Un minuto después llega Marisol que, generosa, porta un provocador escote; ella viste completamente de negro lo que acentúa sus formas y le roba las miradas a quienes contemplan a su amiga. Tras el saludo recorren con la mirada el andén buscando al elegido del día. Ambas depositan la mirada en joven musculoso con cara de niño y facha de intelectual. Siguiendo la metodología acostumbrada, las amigas se colocan en posición de ataque desde antes que arribe el convoy.
Al llegar a la estación Panteones, Mireya ya puede sentir la rigidez del sujeto restregándose en sus nalgas. El reflejo del sujeto en la ventana la hace sentirse satisfecha. Marisol, por su parte, aprovecha los repentinos empellones del convoy para machucar sus senos contra la frondosa espalda del fortachón. “Fue una buena elección”, piensa Mireya mientras disfruta de los atrevidos roces del hombre quien es envidiado por todos los sujetos que observan aquella escena. Al llegar a Bellas Artes las dos chicas permanecen en su estáticas, ninguna tiene deseos de abandonar aquella maravillosa experiencia. Es en la estación Chabacano que Marisol marca el alto: apenas se abren las puertas del vagón, la chica aprovecha para salir y para salvar a su compañera de tan placentero cachondeo:
- Estoy segura que si nos seguimos a Taxqueña, perdemos, amiga –dice Mireya a Marisol, en una especie de agradecimiento que lleva implícito un reclamo.
Tras unos segundos de respiro, las amigas caminan hacia las escalinatas que las llevan a la dirección contraria. Sus pasos son lentos y ambas dibujan en la cara una mueca de insatisfacción. Mireya parece molesta pero no se atreve a reclamar. Las dos caminan en silencio saboreando aun esa sensación nunca antes vivida. De pronto, como una bella ilusión, aparece el fortachón dirigiéndose hacia ellas. Marisol pone al tanto a su compañera que de inmediato cambia su semblante.
- ¡Vamos de regreso amiguita! –festeja la morena.
Al percatarse de la llegada del convoy las dos chicas pretenden adoptar sus posiciones pero un instante antes de dar el primer paso sienten que dos manos fuertes las sujetan y les impiden avanzar. Creyendo que se trata del fortachón, las amigan dan media vuelta sólo para toparse con la triste visión de dos policías. El más arrogante se dirige a ellas tornándose un tanto dictador.
- Buenos días, señoritas. Disculpen la molestia pero el joven, aquí presente, se ha quejado de ustedes alegando que durante el trayecto ustedes cometieron acoso sexual en contra de su persona. De hecho, hay testigos que lo corroboran. Sin querer causarles molestias, esperamos que tengan la gentileza de acompañarnos…
Sin poner resistencia, las amigas avanzan junto con los policías que sorprendidos, sólo atinan a observar al ofendido de vez en vez.
El sueño de Coral (Tiempo de sueños, junio de 2003)
creando barreras que nos unen.
Es tu deseo y mi placer es hacerlo realidad.
Sábanas blancas que te cubren,
que se convierten en promesa.
Es mi deseo y tu placer es hacerlo realidad.
Oscuridad y penumbra minimizada por la luz
que ofrece el brillo de tu cuerpo;
liberación
libertad para hacer y deshacer.Es tu deseo y mi placer es hacerlo realidad.
Posarme entre tus piernas
mientras estrujas tus senos;
tiernas caricias
sonidos de piano
melodía perfecta de nuestros roces susurrantes
que se convierten en gritos desbocados por el placer.
Zonas prohibidas
refugio que se esconde
entre la apacible oscuridad invadida ante el primer impulso.
Posesión total
Es mi deseo y tu placer es hacerlo realidad.
Lentitud transformable
rapidez que anhela ser llamada
y posarse entre tensiones
y espasmos
convulsiones que te llaman
que te ansían
que te desean
que te obligan a liberar tu alma.
Impulsos que te convocan
que te invitan a esperarme
a recibirme
a besarme
y abrazarme.
Cuerpos fríos que se humedecen
ante la llegada de mil caricias
elevadas
hambrientas
que no dejan sosiega tu piel.
Estar en tu cuerpo nuevamente.
Es mi deseo y tu placer, hacerlo realidad.
Espérame entonces,
no te abandones a la soledad que mi silencio
te ofrece.
No te abandones,
ni me abandones
que una de estas noches
volveré a estar frente a tu puerta
pidiendo permiso para entrar
para besarte
acariciarte
poseerte
y nunca,
-nunca más-
salir de tiEs tu deseo:
aquí estoy,a punto de hacerlo realidad.
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