jueves, 30 de septiembre de 2010

Un currículum...

...se construye con experiencias anódinas; un anecdotario sólo necesita de brillantes pendejadas.

viernes, 24 de septiembre de 2010

¡Llegó el progreso, sí señor!

Las premisas en las que suele manifestarse el desarrollo de una sociedad resultan mágicas y dignas de analizar debido a las terribles mentiras y decepciones que suelen escupirnos a la cara.
Hace unos días, tomé la decisión de visitar un centro comercial que recientemente se instaló como la máxima atracción del lugar en el que vivo y que hasta entonces, sólo había contado con dos sitios verdaderamente interesantes para el turismo de aventura: una calle bautizada informalmente como “del hambre”, cuya peculiaridad es tener un montón de locales de comida (no más que afuera del metro Cuatro caminos) y que suele servir como refugio de muchachos alcohólicos los viernes desde temprana hora; y una casa embrujada que según, todos los que fuimos adolescentes parranderos, juramos haber visitado en una noche de desenfreno etílico pero cuya ubicación exacta resulta indescifrable. A diferencia de estos sitios de interés, el centro comercial al que hago referencia goza a su vez de varios prodigios dignos de revisar por su magnificencia.
En primer lugar se encuentra una torre enorme que ha sido erigida como el edificio más alto de todo el municipio y que a decir de quienes lo construyeron, podrá ser vista desde cualquier punto en que uno se encuentre. Desafortunadamente esto no es así porque ocurre que desde mi casita, un montón de chozas convertidas en edificios, a gusto de los moradores, impiden que todas las mañanas al despertarme, pueda abrir la ventana sin sentir envidia por las maravillas construidas en Babel. Se supone que dicha torre será una unidad médica al servicio de la comunidad... que, por supuesto, tenga recursos para pagar los servicios que ahí se ofrecerán. Lo anterior, es factible comprobarlo si uno tiene la osadía de ir a meter las narizotas en la puerta de entrada como esperando que alguien le preste ayuda, pero lo más seguro es que en lugar de la bella Dra. Cody y su amigo doctor cojito-mamón, aparezca un señor con cara de pocos amigos y le invite a uno a salirse a la chingada porque el club de la salud no es para pelagatos como uno. Esto me hace seguir confiando en los doctores del seguro social y al mismo tiempo me motiva a rogarle al creador que el futuro presidente de esta nación no haga pendejadas, y no se le ocurra extinguirlos como cucarachas eléctricas.
El segundo prodigio de este centro comercial resulta sui generis: se trata de un bar cuyo principal atractivo es imaginar que uno llega al polo norte y bebe amenamente con sus cuates con las nalgas postradas en un cubo de hielo que probablemente, al otro día,  sirva para que un viejito haga raspados de sabor grosella afuera de una escuela. No entiendo cuál es la fascinación por esto si regularmente una buena bebida alcohólica se disfruta más cuando hace calor y no con los Celsius bajo cero. El progreso, sin embargo, nos mueve a creer que esa novedad es el principio de una experiencia religiosa.
El tercer prodigio de Luna Parc (nombrado pomposamente así –imagino– para reafirmar las competencias en el idioma inglés de los nativos), consiste en poner una cafetería que tiene por empleados a adolescentes tardíos, que visten como niños envueltos y que conminan a uno pedir una madre que parece café, huele a café pero que cuesta más que un par de tragos decentes en un bar de más clase. Lo curioso de esta cafetería es que lejos de servir como tal, logra el milagro de reunir a gente estúpida para que se aplasten por horas en sus sillones mientras ponen cara de “mírenme, soy bien chingón”, mientras los que somos pendejos nos reímos discretamente en su cara porque ya se las dejaron caer con un café que no vale ni la mitad.
Tal vez sea por la necesidad de pertenencia o porque la gente aún posee capacidad de asombro ante una construcción pero no cabe duda que el progreso es un arma letal que sólo sirve para recordarnos que estamos jodidos y que si aparentamos lo contrario, nos vemos bien ridículos. ¡Viva el progreso! Tan-tán.

jueves, 23 de septiembre de 2010

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Hay palabras que al pronunciarse...

...suenan fascinantes; otras que al escribirse resultan tentadoras. Personalmente me gustan más aquellas que al hacerse realidad superan la ficción.