jueves, 19 de noviembre de 2009

El acosado (Tiempo de sueños, julio de 2002)


Mireya y Marisol se encuentran todos los días a las 8:30 a.m. en la estación del metro Cuatro Caminos, debajo del reloj, para no complicar el encuentro. Las dos chicas se conocen desde la infancia cuando eran vecinas en la colonia Las Américas. Han compartido casi todo: “Hasta los novios” recuerda con picardía Mireya, mientras espera el arribo de su amiga. Conocen de sí el mínimo detalle y en ocasiones, basta sólo una mirada para saber lo que la otra está pensando.

     Mireya es una pelirroja de piel blanca, de un metro con setenta y dos centímetros de estatura, poseedora de unas bien torneadas piernas y unas caderas de ensueño. Ella es el complemento perfecto de Marisol, una morena de un metro con setenta centímetros de estatura cuyos pechos son su principal atractivo.
     Las dos amigas, sabiéndose poseedoras de un encanto especial, nunca han titubeado en utilizar su belleza para provocar a algunos incautos del sexo opuesto. El lugar preferido para hacerlo son los calientes vagones del metro. La metodología a seguir para su diversión consiste, en primer lugar, en elegir un hombre –nunca con alguna característica en especial- y posteriormente arribarlo durante la batalla por encontrar un siento vacío. Ellas, por supuesto, nunca buscan el preciado lugar. Una vez dentro del vagón, Mireya –quien comúnmente usa minifalda- se coloca adelante del elegido lo bastante pegadita para que el macho pueda sentir lo que es una mujer. Una vez que ha conseguido el arrimón, Marisol se postra detrás de la víctima y coquetamente comienza a restregarle los pechos contra la espalda. Este agasajo dura invariablemente hasta la estación Bellas Artes –la estación donde bajan ellas– y si no imaginan por qué, basta con ponerse en el lugar del sujeto.
     El juego de cachondear pasajeros lleva cerca de un año y desde entonces, sólo en un par de ocasiones, los elegidos han desistido antes de que ellas lleguen a su destino.

     - Es probable que hayan sido mochos, de esos que tienen sentimientos de culpa si se atreven a ver a otra mujer –diserta Mireya con cierta suspicacia.
     - … o gays –atina a corregir de inmediato su amiga con la docta sapiencia que la caracteriza.

     El resto de las ocasiones han tenido la suerte de encontrar de todo, desde el joven o el viejito que las sigue hasta la entrada de la tienda de ropa para caballeros en la que trabajaban hasta el burócrata que cree haberse levantado esa mañana como un ser irresistible ante las féminas. No ha faltado el que perdiendo la noción del juego les ha propuesto que terminen el jueguito en un hotel, depreciando sus invaluables encantos a un “quinientón”. Pero esa parte es la que vuelve interesante el juego pues a las dos amigas les encanta compartir las reacciones de los caballeros que provocan y pasar toda la mañana discutiendo sobre ello, aunque, por otro lado, existe otra parte –menos común– que también es gratificante y que consiste en recibir inesperados regalos de quienes han quedado prendidos de su coquetería: ramos de flores, chocolates, enormes muñecos de peluche y perfumes, siguen apareciendo ocasionalmente en la boutique, lo que ya no provoca sorpresa a sus compañeros de trabajo.

      Sin embargo, de un par de días a la fecha, el juego no ha resultado como ellas lo planean pues extrañamente los hombres que suelen arribar les huyen de inmediato, o simplemente, de manera respetuosa, se hacen a un lado:

     - ¿Estaremos perdiendo nuestro encanto? –se atreve a preguntar Mireya con una lasciva inocencia que la mueve a estrujarle los pechos a Marisol.

      Sin esperar la respuesta, ambas corren a uno de los probadores de la tienda y comienzan a despojarse de la ropa hasta quedar completamente desnudas. Impacientes, se auscultan mutuamente mientras intentan encontrarle algún defecto a las cualidades que por años las han hecho sentirse deseadas. Luego de unos minutos de especulaciones comienzan a vestirse. Desconsoladas, salen del aparador sin tomar en cuenta que desde hace tres noches el gobierno del Distrito Federal había ordenado la sanción inmediata de todos los acosadores que operan dentro de las instalaciones del metro.
      Al conocer casualmente esta noticia gracias a la charla de dos clientes las amigas tienen un sentimiento de alivio aunque también quedan con cierta insatisfacción pues la nueva disposición de gobierno rompe con su lúdico cometido. Tras unos minutos de silencio Mireya se muestra optimista:

      - ¡Piénsalo, manita! No puede haber acoso si nosotras no denunciamos.

      La exactitud en el razonamiento de su amiga mueve a Marisol a saltar de su silla para premiarla con un abrazo.

      Son las 8:30 de la mañana. Mireya espera a su amiga, como siempre, debajo del reloj. Hoy luce radiante pues lleva puesto ese conjunto entallado de dos piezas, color blanco, que sólo usa en ocasiones muy especiales. Sobre la tela ajustada de la falda se aprecian los coquetos trazos de una provocadora tanga. Al percatarse del efecto que genera entre la multitud, sonríe satisfecha. Un minuto después llega Marisol que, generosa, porta un provocador escote; ella viste completamente de negro lo que acentúa sus formas y le roba las miradas a quienes contemplan a su amiga. Tras el saludo recorren con la mirada el andén buscando al elegido del día. Ambas depositan la mirada en joven musculoso con cara de niño y facha de intelectual. Siguiendo la metodología acostumbrada, las amigas se colocan en posición de ataque desde antes que arribe el convoy.
     Al llegar a la estación Panteones, Mireya ya puede sentir la rigidez del sujeto restregándose en sus nalgas. El reflejo del sujeto en la ventana la hace sentirse satisfecha. Marisol, por su parte, aprovecha los repentinos empellones del convoy para machucar sus senos contra la frondosa espalda del fortachón. “Fue una buena elección”, piensa Mireya mientras disfruta de los atrevidos roces del hombre quien es envidiado por todos los sujetos que observan aquella escena. Al llegar a Bellas Artes las dos chicas permanecen en su estáticas, ninguna tiene deseos de abandonar aquella maravillosa experiencia. Es en la estación Chabacano que Marisol marca el alto: apenas se abren las puertas del vagón, la chica aprovecha para salir y para salvar a su compañera de tan placentero cachondeo:

     - Estoy segura que si nos seguimos a Taxqueña, perdemos, amiga –dice Mireya a Marisol, en una especie de agradecimiento que lleva implícito un reclamo.

     Tras unos segundos de respiro, las amigas caminan hacia las escalinatas que las llevan a la dirección contraria. Sus pasos son lentos y ambas dibujan en la cara una mueca de insatisfacción. Mireya parece molesta pero no se atreve a reclamar. Las dos caminan en silencio saboreando aun esa sensación nunca antes vivida. De pronto, como una bella ilusión, aparece el fortachón dirigiéndose hacia ellas. Marisol pone al tanto a su compañera que de inmediato cambia su semblante.

     - ¡Vamos de regreso amiguita! –festeja la morena.

     Al percatarse de la llegada del convoy las dos chicas pretenden adoptar sus posiciones pero un instante antes de dar el primer paso sienten que dos manos fuertes las sujetan y les impiden avanzar. Creyendo que se trata del fortachón, las amigan dan media vuelta sólo para toparse con la triste visión de dos policías. El más arrogante se dirige a ellas tornándose un tanto dictador.

     - Buenos días, señoritas. Disculpen la molestia pero el joven, aquí presente, se ha quejado de ustedes alegando que durante el trayecto ustedes cometieron acoso sexual en contra de su persona. De hecho, hay testigos que lo corroboran. Sin querer causarles molestias, esperamos que tengan la gentileza de acompañarnos…

     Sin poner resistencia, las amigas avanzan junto con los policías que sorprendidos, sólo atinan a observar al ofendido de vez en vez.

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